—¿Estás loca? —preguntó Parvati al ver a Krum levantarse de la mesa e irse arrastrando los pies con el ceño más fruncido que nunca.
—¿Disculpa? —replicó Hermione, sorprendida por la osadía de la pregunta—. No recuerdo haberles dado permiso para escuchar mis conversaciones, ni tampoco haberles pedido su opinión.
—Pero... ése era Viktor Krum —acotó Padma defiendiendo a su hermana cuando ella miró a Hermione con terror.
—Ya sé quién era.
—¿Por quién lo dejaste? —recriminó Padma atropelladamente.
—Tiene que ser por Harry, ¿no? —inquirió Parvati a su hermana—. Es decir... ¿por quién más podría ser? —añadió sin prestar atención a la mirada incrédula que emanaba el rostro de Hermione, y malinterpretando el extremo sonrojo que se había plasmado en su cara, creyéndolo producto de la vergüenza en vez de lo que en verdad era: furia.
—Por Ron no es, eso es obvio... —contestó Padma con una risita tonta.
—¿Y eso qué significa? —gruñó Hermione, fijando sus ojos escrutadoramente en ella.
—Nada —respondió Parvati, demasiado rápido para el gusto de Hermione —. Es agradable y todo, pero... —disminuyó su voz como si quisiera que nadie la oyera y, entonces, continuó: —. ¡Vamos, Hermione! Tienes que admitirlo... él no está en la misma liga que Viktor o Harry.
—Nolo suficientemente famoso para ti, ¿eh? —espetó Hermione, elevando la voz—. O quizá sea porque prefieres a los que tienen algo de dinero.
—¿Yo? —Parvati no podía creerlo—. No soy yo la que sale con jugadores internacionales de Quidditch...
—Yo tampoco. Y les agradecería a ambas muy amablemente si de ahora en adelante mantuvieran sus narices fuera de mis asuntos.
—Oh, vamos, Hermione. No seas así... solamente tratamos de ayudarte. Puedes confiar en nosotras. ¿Por quién dejaste a Viktor? —volvió a preguntar Parvati con impaciencia.
—A mi también me gustaría escuchar esa respuesta —dijo una voz familiar detrás de Hermione. Sus ojos se abrieron, sorprendidos, y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
«Malditos sean esos dos y sus orejas extensibles» —pensó Hermione cuando dio una media vuelta y quedó frente a frente a los penetrantes ojos azules de su mejor amigo.
—Ron, ¿qué... qué estás haciendo aquí?
—¿Rompiste con Vicky? —preguntó, ignorando la pregunta.
—No lo llam... —comenzó a reprenderlo debido a la costumbre, pero entonces se detuvo a sí misma—. ¿Qué estás haciendo aquí? —repitió.
—¿Rompiste con Krum? —volvió a preguntar con calma. Demasiada calma, diría ella.
—N... no —tartamudeó—. Técnicamente no.
—¡Sí que lo hiciste! —interrumpió Padma bulliciosamente—. ¡Nosotras lo oímos todo!
—Le trajo esos boletos —añadió Parvati mientras señalaba las entradas para un partido de Quidditch que habían sobre la mesa—, ¡y tú te negaste a aceptarlos!
—Espera un momento —acotó Ron—. Te regaló entradas para el juego de esta semana y tú... ¿las rechazaste? —preguntó con incredulidad—. ¿Estás demente?
—Ésa parece ser la conclusión general —replicó Hermione fríamente, mirando furiosa a Ron.
—Luego le inventaste un gran verso sobre cómo no sería apropiado de tu parte aceptar las entradas porque no sentías eso por él —continuó Padma.
—Y él dijo que entendía perfectamente si tú querías a alguien más —añadió Parvati—, pero que eso no significaba que sus sentimientos por ti cambiarían y que aún así podías asistir al juego, aunque fuera tan sólo como amiga.
—¿Alguien más? —preguntó Ron, mirando a Parvati y a Padma en vez de a Hermione—. ¿Quién?
—Bueno, Harry, por supuesto —replicó Parvati como si él fuera un idiota—. Por favor, Ron... él es tu mejor amigo. Tú más que nadie debería saberlo.
Ron la apartó agitándole la mano frente a su rostro y giró hacia Hermione.
—¿Quién es en realidad? —exigió Ron.
—De todas formas, eso es lo que creyó Krum —insistió Padma—. Incluso le dio entradas adicionales para que pudiera llevar a Harry con ella.
—Él me dio dos entradas adicionales —Hermione les mostró las tres entradas—. Una para Harry y la otra para Ron —dijo, enfatizando este último nombre.
Por una fracción de segundo, Ron sintió dos deseos contradictorios luchando en su interior. Por un lado, estaba eufórico al pensar que podría ir al juego, pero casi instantáneamente una emoción más fuerte tomó control de ese sentimiento eufórico y lo desbarató en pedazos. Su cara se retorció mientras una intensa ola de celos vencía sus sentidos, formando un irresistible deseo de mantener a Hermione lo más alejada posible de Krum. Aunque no sólo de Krum... Él quería mantenerla alejada de todos los otros chicos del planeta.
«Bueno, quizás ella podría seguir siendo amiga de Harry, pero sólo de él. ¿Pero quién diablos es este imbécil al que ella quiere? ¡ARRGGHH! Si tan sólo me diera esas entradas y se encerrara en su cuarto por el resto del verano... Maldición, no creo que sea posible» —pensó, debatiéndose.
—Creí oírte decir que ya habías rechazado las entradas —comentó Ron cuando al fin logró recuperar el habla.
—Y lo hice —indicó Hermione—. Él las dejó por si cambiaba de opinión.
—¿Y lo hiciste? —preguntó Ron.
—¿Quieres ir al juego, Ron?
—¿Eh?
—¿Quieres las entradas? —insistió Hermione—. ¿Quieres ir al juego?
Ron la observó intensamente, temiendo una trampa. No sabía cómo responderle, así que jugó a lo seguro.
—¿Tú irás? —se aventuró Ron, sin darse cuenta de que lo había dicho en un tono más acusatorio que interrogante.
—No —replicó Hermione, mirándolo con furia.
«Estúpido imbécil —pensó ella al observar su cara brillar—. Me torturó por estar con Krum durante años. Toda eso de que se preocupaba por mi y por mis cosas no era más que... pura basura. Idiota insensible. Ahora que piensa que puede sacar algo de provecho en todo esto, la cosa es diferente, ¿no? No importa si me gusta Krum o no, siempre y cuando lo lleve conmigo y le consiga los primeros asientos para todos los juegos. ¡Imbécil! ¡Que terribles ganas de gritar!»
Apretó los ojos con fuerza y esperó a que él respondiera.
«Sigue, vamos. Pídeme las entradas. Sólo pídelas. Te reto a que lo hagas» —pensó Hermione conteniendo su furia
Ron estrechó sus ojos y la miró radiantemente.
«Ya verá» —pensó Hermione. La comisura de sus labios dibujaron una maliciosa sonrisa y, sorpresivamente, procedió a romper las entradas en mil pedazos.
Parvati y Padma se quedaron boquiabiertas. Ron la miraba horrorizado.
—¡¿Qué estás haciendo?!—gritó éste mientras sujetaba sus muñecas para frenarla—. ¡¿Tienes alguna idea de cuánto valen esas entradas?!
—¡¡Aquí las tienes si las quieres tanto!! —gritó Hermione histéricamente—. ¡LLÉVATELAS!
Y con eso, le arrojó el resto de los boletos bruscamente contra su pecho.
Ron bajó la mirada hacia los fragmentos que cayeron cerca de sus pies, y luego la volvió a elevar para enfrentar a los ojos furiosos y ardientes de Hermione.
—Hazlo —dijo ella con una voz tan calma y fría que le envió escalofríos por toda su columna vertebral—. Si significan tanto para ti, si son más importantes que yo, recógelas. Estoy segura de que tan pronto llegues a casa podrás arreglarlas con magia.
Era un reto y él lo sabía. Pero también era una prueba, una que no tenía ninguna intención de fallar.
«Así que así es el juego, ¿cierto?. Quiere saber qué es lo que me importa más. Si ella, o el Quidditch —pensó Ron al mirarla cruzada de brazos, terriblemente enfadada. La miró intensamente de arriba abajo, con sus ojos furiosos y entrecerrados—. Sí que es bonita cuando se enoja... ¡Detente, Weasley! Ahora no es el momento».
Desafortunadamente, mientras se reprendía a sí mismo, sintió cómo su cuerpo se sublevaba y actuaba por propia voluntad. Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo, ya se había arrodillado y había comenzado a recoger los pedazos de las entradas.
Se horrorizó al escuchar una honda inspiración por encima de él, y en ese momento, se dio cuenta exactamente de lo que estaba haciendo.
«¡¡No, no, no!! —gritó internamente—. ¡Ni siquiera quiero estas malditas entradas! ¡¡¿Qué estoy haciendo?!!».
—Bueno... ahí está la respuesta a tu pregunta, Ronald. Ya sé exactamente cuánto valen esas entradas —dijo Hermione con una voz agotada y diluida.
Ron levantó la mirada y palideció al ver lágrimas caer de aquellos ojos y rodar por sus mejillas.
«¡Maldita sea! Mira lo que haz hecho» —pensó.
—Sólo me han costado uno de mis mejores amigos —finalizó ella. Antes que él tuviera tiempo de comprender lo que ella había dicho, Hermione se dio la vuelta y se alejó de él.
Ron se quedó pasamado, inerte sin poder moverse de aquel sitio. Quería correr tras ella, seguirla, pero nuevamente su cuerpo parecía tener voluntad propia. Simplemente se rehusaba a ceder. Todo lo que él podía hacer era quedarse allí, inmóvil, sosteniendo los boletos en pedazos y mirando boquiabierto a Parvati y Padma, quienes lo miraban también.
—¿Qué te sucede, Ron? —preguntó Parvati finalmente. Su hermana sólo resopló. Sin embargo, la pregunta pareció romper el hechizo que lo mantenía en el lugar. En vez de responder, Ron arrojó las entradas y salió corriendo a la dirección en que Hermione había huido.
—¡Hermione! —gritó—. ¡Hermione, espera!
Él creyó que ella correría en cuanto descubriera que él la estaba siguiendo, pero no fue así. Ella continuó caminando a la misma velocidad hacia el Caldero Chorreante, y Ron consiguió alcanzarla y agarrarle el brazo antes de que ella llegara allí.
—¡Quítame las manos de encima! —espetó agresivamente Hermione entre sollozos, librándose de aquel brazo y continua ndo camino. En vez de arriesgarse a tocarla por segunda vez, Ron se colocó frente a ella para obstruirle el paso.
Hermione lo miró a través de sus lágrimas y él se sintió un maldito miserable al reconocer que había sido el causante de su dolor. Una ola de culpa recorrió todo su cuerpo. Y la peor parte era que él reconocía haberlo hecho a propósito, pero por su vida misma, no podía descifrar el por qué.
—Hermione, por favor... —comenzó a disculparse, pero ella no le escuchaba. Sólo se dio la vuelta y marchó en una dirección diferente.
—No fue mi intención. Te lo juro, no quise... «Soy un terrible imbécil. ¿Por qué tuve que hacerlo? ¡¿Por qué?! ¿Qué demonios es lo que me pasa?». Lo siento... —suplicó Ron mientras la seguía—. Por favor, Hermione. Háblame, grítame, golpéame si quieres pero no... no me dejes... no quiero que te vayas.
Ella se volteó tan rápidamente que él tuvo que retroceder unos pasos, temeroso de que en verdad lo golpeara.
—Déjame sola —respondió serenamente, aunque con su voz marcada por el dolor.
—No puedo... —replicó Ron sin darse cuenta.
«Grandioso, ahora también perdí el control de las palabras».
—Yo... —se esforzó por detenerse y no continuar diciendo... te amo. Lloró mentalmente —. Yo... yo...
—¿Tú qué? —preguntó Hermione fríamente— ¿No puedes... evitar ser un imbécil? ¿No puedes... evitar herirme?. ¿Te sentaste a planear cómo hacer de mi vida una miseria, Ron, o simplemente ocurrió por accidente?
—Yo... te... lo siento. Yo...
—Es demasiado tarde —suspiró apasible y suavemente, mirando al piso.
—No, no lo es —protestó Ron.
—Sí lo es. Ya no puedo seguir con esto. Ya no puedo soportarlo más. Estoy harta de pelear contigo. Ya... estoy harta —murmuró Hermione, y las lágrimas resbalaban por su rostro—. Por favor... si alguna vez te preocupaste por mí, déjame tranquila.
—¡No! —gritó Ron imperativamente, sorprendiéndose tanto a sí mismo como a ella.
Se acercó a Hermione, y antes de que fuera consciente de lo que estaba haciendo, la agarró del rostro; levantó su mentón y la forzó a mirarlo. Pero tan pronto sus ojos se conectaron, repentinamente pareció olvidarse de lo que iba a decir .
—Yo... eh...—tartamudeó con su mirada deslizándose por sus labios. Parecían tener una extraña fuerza gravitacional que guiaban a sus propios labios hacia los suyos. Una que él no podía resistir. Se inclinó y...
¡PLAF!
... sintió la mano de ella estamparse en una de sus mejillas.
— ¿Me golpeaste? —indicó Ron, incrédulo y frotando el ardor de la marca rojiza en su mejilla.
—Te dije que mantuvieras tus manos alejadas, tú... tú... —tartamudeó Hermione, sin encontrar las palabras exactas con las que lo quería llamar—. ¡Idiota insensible! —gritó finalmente, al ser lo mejor que pudo formular.
Ron se quedó inmóvil, mirándola, y antes de que tuviera la oportunidad de reponerse, ella ya se había dado la vuelta y precipitado atropelladamente lejos de él. Ron la observó sumergirse alrededor de un grupo de personas y tropezarse con...
«¡Maldito Viktor Krum! ¿Qué...? ¿Ese búlgado idiota está acechándola?».
Ron miró a Hermione retroceder y entonces vio como las manos de Krum la sujetaron por las muñecas. Ella trató de alejarlo, pero en vez de soltarla, Krum la giró para que su espalda estuviera contra su pecho y así tener un mejor control, girando sus brazos detrás de ella en el proceso. Su mano libre descendió y sujetó su otra muñeca fuertemente para mantenerla incapaz de luchar en su contra.
—¡¡MALDITO HIJO DE PERRA!! —rugió Ron al preciptarse atropelladamente dentro de la muchedumbre que lo separaba de Hermione y Krum—. ¡¡SUÉLTALA!!
—Hay otro —dijo Krum cuando una pequeña figura cubierta de pies a cabeza con una toga negra apareció a su lado. Dos Mortífagos aparecieron en el callejón detrás de ellos. Alguien en la muchedumbre los vió y dejó escapar un grito que causó una cadena de alaridos de terror. La multitud que había entre ellos comenzó a empujar a Ron hacia atrás en su apuro por salir del paso.
—El pelirrojo —dijo el más pequeño de las tres figuras, señalando a Ron.
En tan sólo un instante, la calle ya estaba mermada por el escándalo. La muchedumbre trataba de huir y esos que estaban cerca de las tiendas abandonaron sus mercancías y echaron a correr. Parecía que todos en el Callejón Diagon trataban de arrastrarlo lejos de Hermione. Trató lo más que pudo de combatir la ola del histérico tumulto, pero ellos se las arreglaban para alejarlo cada vez más y más de su alcance.
—¡¡HERMIONE!! —gritó Ron al empujar y golpear a cualquiera que se interpusiera para tratar de alcanzarla.
—¡¡CORRE!! —le gritó ella, pero él no pudo escucharla, aunque tampoco hubiese corrido si lo hubiera hecho. Dos de los hombres cubiertos de negro estaban avanzando hacia él por entre la multitud, maldiciendo a quienes se interponían en su camino. Los ojos de Ron no veían a nadie más que a Hermione, y por ello no pudo notar el avance que habían logrado.
Sin embargo, Hermione sí lo hizo. Miró con horror como los Mortífagos avanzaban dentro del estrepitoso tumulto. El infierno se había inclinado para que aquellos alcanzasen su objetivo. Ella miró a Krum, y luego al otro Mortífago que aguardaba a su lado; dio un grito ahogado al descubrir su identidad.
—Usted... ¡¡Usted, traidor despreciable!! ¡¿Cómo pudo...?! —rugió Hermione, arrojándose hacia él con rabia ya que se las había ingeniado para tomar a Krum por sorpresa y desatar sus muñecas. En ese segundo de libertad, tomó control del objeto que estaba en manos de Peter Pettigrew y ambos se desvanecieron.
—¡¡¡HERMIONE!!! —rugió Ron dolorosamente al verla desaparecer.
Los Mortífagos dieron la vuelta y se percataron de la ausencia de su camarada... y de la chica. Krum permaneció detrás, pero él no parecía darse cuenta de que ahora estaba solo parado en medio del callejón. Aquellos miraron a Ron por una última vez y, luego, desaparecieron.
Alguien agarró a Ron por detrás y lo empujó hacia sí. Él comenzó a forcejear por reflejo y golpeó a su atacante en medio de la cara, tumbándolo al suelo. Sólo entonces se dio cuenta de que era George. En un instante, Fred ya estaba allí para ayudar a su hermano gemelo a levantarse. Ron les dio la espalda y nuevamente comenzó a luchar contra la multitud. Los gemelos se abalanzaron hacia Ron por segunda vez, y juntos lograron hacerlo retroceder.
—¡¡QUÍTENSE DE ENCIMA!! —gritó Ron al resistirse.
—Es demasiado tarde —dijo Fred con la voz llena de dolor, abatido.
—Lo siento, Ron —acotó George.
—¡¡QUE ME SUELTEN, MALDITA SEA!!
—Ella se fue, Ron.
—Es demasiado tarde.
—¡¡¡VOY A MATAR A ESE MALDITO HIJO DE PERRA!! —gruñó Ron, enceguecido por la ira, agitándose y doblándose por la cintura al mismo tiempo. Pudo liberarse y, en un instante, se lanzó dentro del tumulto para poder atrapar a Krum. Antes de que consiguiera dar un paso más, Fred sacó su varita y apuntó firmemente a la espalda de Ron.
—¡Desmaius! —gritó, y luego pudo observar a su hermano menor caer al suelo.
—Lo siento, hermano —se disculpó Fred, al inclinarse y levantar a Ron por los pies. George se inclinó instantáneamente para tomar a Ron por los hombros y llevarlo así dentro de la seguridad de su tienda, al final de la calle.
—¿Sabías que Ron tuviera tanta fuerza? —le preguntó Fred a George al cerrar la puerta detrás de sí y dirigirse a la chimenea.
—¡Maldita sea! ¡Casi me mata con ese puñetazo! —se quejó George, llenándose la mano de polvo floo y arrojándolo dentro de la chimenea—. La Madriguera —sentenció George, y entonces retrocedió para ayudar a Fred a empujar a su hermano inconsciente dentro de las llamas.
—Mamá nos va a matar —dijo Fred antes de desaparecer.
—Esperemos que sí —acompañó George al aparecer al lado de su hermano en la cocina de los Weasley—, porque prefier eso a tener que enfrentar a Ron cuando él despierte.
pero solo , si es contigo.
Hace 14 años
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