Harry Potter no tenia ni idea de qué hora que era cuando oyó abrirse la puerta de su dormitorio. El paso del tiempo ya no tenía ninguna significancia para él. ¿Qué importaba si habían pasado unas cuantas horas o unos cuantos días? De todos modos todo habría de mezclarse al final. La mitad de su verano ya había pasado y él prácticamente no lo había notado. Comía cuando su estómago rugía, dormía cuando sus ojos se cerraban y despertaba cuando le apetecía. El estar despierto o dormido no suponía ninguna diferencia para él. Le atormentaban las mismas imágenes estando en cualquiera de los dos estados. No había forma de escapar de ellas, no importaba cuánto lo intentase. La única diferencia era que ahora no sólo Cedric y Sirius eran quienes lo atormentaban. Dean y Colin se habían unido al elenco de espectros que lo perseguían día y noche. No importaba que, en realidad, no hubiese sido testigo de sus muertes. Él seguía viéndolos morir claramente dentro de su mente una y otra vez. Los detalles variaban con cada promulgación, pero siempre terminaba de la misma forma; dos débiles palabras y un destello deslumbrante de luz verde.
—¿Harry? —le oyó preguntar a Ron tímidamente—. ¿Estás despierto?
Lo estaba, pero su espalda daba a la puerta y no tenía ganas de hablar con Ron. No quería hablar con nadie, por lo que cerró sus ojos y se concentró en hacer que su respiración fuese profunda y calmada, esperando así engañar a Ron.
Debió haber funcionado, porque Ron no le volvió a hablar. Harry permaneció acostado escuchando a su mejor amigo moverse por la habitación. Oyó el roce de la manta y la almohada de Ron cuando él deshizo su cama. Oyó los cajones del escritorio abrirse y después cerrarse, seguidos por el ruido de la tela moviéndose, probablemente causado por Ron al cambiarse de ropa. Después hubo silencio. Un incómodo y forzado silencio que le ponía más y más nervioso según se alargaba en el tiempo.
No tenía ni la menor idea de qué estaba haciendo Ron, pero fuera lo que fuese lo estaba desconcertando. Sabía que Ron aún estaba en la habitación. La puerta no se había abierto o cerrado de nuevo. «¿Qué demonios estará haciendo? —se preguntó a si mismo— ¿Por qué está tan quieto? ¿Es que sólo está ahí de pie, mirándome? ¿Está esperando que me mueva? ¿Está buscando alguna señal que demuestre que estoy fingiendo? ¿De verdad soy tan obvio?».
Aparentemente no, porque mientras Harry se hacia esta última pregunta, oyó la puerta abrirse y cerrarse cuidadosamente. No tuvo que abrir los ojos o darse la vuelta para saber que estaba solo. La sensación de sentirse observado por Ron se había esfumado. Con un suspiro de alivio, Harry giró en la cama y continuó con la vista fija al techo.
...
—Aún no se ha dormido, ¿verdad? —preguntó Ginny cuando abrió la puerta de su habitación y vio a su hermano de pie en el umbral.
—No —dijo Ron, rozándola para entrar—, está fingiendo —añadió, dejándose caer en el borde de la cama de su hermana—. ¿Dónde está Hermione?
—Abajo, en la cocina y hablando con mama —contestó Ginny—, y no recuerdo haberte invitado a pasar.
—Yo llamé. Tú abriste la puerta —dijo Ron, como si fuese la única invitación que necesitase—. ¿De qué está hablando con mamá? —preguntó, rezando porque no tuviese nada que ver con el sitio en donde había dormido anoche.
—Bueno —contestó Ginny con cautela—, lo hemos discutido y pensamos que sería lo mejor que Harry disfrute de un sueño tranquilo antes que nosotros... —dijo ella, enfatizando el hecho de que ella estaba incluida—, le contemos todo lo de la fuga de Azkaban. De esa manera lo podrá afrontar mejor y más racionalmente.
—¿Ella ya te lo contó? —preguntó Ron, a pesar de que ya sabía la respuesta—. Eso fue rápido.
—Bueno, ya conoces a Hermione —dijo Ginny—. No le gusta andar con rodeos.
—Entonces, ¿qué tiene que ver esto con mamá?
—Mamá es la que prepara el té especial, ¿entendiste ahora? —contestó Ginny, como si Ron fuese un niño de pocas luces.
—¿Y exactamente cómo planea conseguir que Harry lo beba? —contestó él, irritado.
—Imagino que va a pedírselo.
—Sí, si no fuera por el hecho que ya se está haciendo el dormido.
—Como si fuera a creérselo... —dijo Ginny, poniendo los ojos en blanco.
—Sí —cedió Ron—, ahí tienes razón, ¿pero que tal si se niega a tomarlo?
—Bueno, ahí es donde entras tú —contestó Ginny, reprimiendo las ganas de sonreír.
—¿Yo?
—Sí... —respondió ella, como si fuera obvio—. Eres más fuerte que él. Si se niega, lo sujetas mientras nosotras le metemos el té por la garganta.
—¿Estás loca? —gritó Ron.
—Estoy bromeando, pedazo de tonto.
—Ah, así que... —dijo Ron, empezando a sentirse incómodo. Conocía a su hermana y sabía que intentaba ocultar algo tras su aparente buen humor—, eh, ¿estás…bien? —preguntó, evitando mirarla a los ojos.
—Sí.
—Mira, Ginny —acotó Ron a pesar de la respuesta—, sé que tú y Dean eran… em... bueno, lo sé y… si quieres hablar de eso o cualquier otra cosa pues... eh…
—No éramos —admitió Ginny, algo reacia a contestar—. No estábamos saliendo si a eso te refieres. Éramos sólo... amigos. Sólo dije eso para... bueno, ya no tiene importancia.
—Tiene mucha importancia —insistió Ron—. ¿Y qué si no salían juntos?. Yo no salía con Hermione cuando... cuando todos pensamos que... bueno... ya sabes. Pero eso no cambió la forma en que me sentí.
—No es lo mismo —contestó Ginny, en actitud ligeramente culpable—. En realidad no lo conocía muy bien. Era mucho más cercana a Colin.
—Oh —dijo Ron—. «Supongo que tiene sentido. Estaban en el mismo año». Bueno, si quieres hablar de eso más tarde o algo… ya sabes.
—¿Quién eres... —preguntó ella, mirándolo fijamente como si de repente le hubiese crecido otra cabeza—, y qué has hecho con mi hermano?
—Cállate —gruñó él, rodeando los ojos.
—Ahora te pareces más a él —suspiró Ginny, contenta—. Ese es el insensible idiota al que estoy acostumbrada. Ahora una vez más, con sentimiento.
—¡Cállate! —gritó Ron, con una sonrisa tan amplia como la de su hermana.
—Gracias.
—Cuando quieras.
...
Hermione volvió a su cuarto con una taza vacía y un ejemplar del diario El Profeta en su mano.
—¿Mamá te ha dejado quedarte con eso? —preguntó Ginny, señalando el periódico con asombro—. ¿No intentó sacártelo de las manos y tirarlo a la basura?
—Probablemente lo habría hecho si tu padre no hubiera estado en la cocina cuando la lechuza llegó.
—La retó a hacerlo, ¿verdad? —preguntó Ron.
—Sí —contestó Hermione, colocando la taza en la mesita de noche y abriendo el periódico—. Tu padre le echó un vistazo y me lo dio a pesar de sus protestas.
—No dejaste que Harry lo viera, ¿no? —preguntó Ginny.
—No —contestó Hermione, apartando la vista del periódico el tiempo necesario para encontrarse con los rostros preocupado de sus amigos—. Lo dejé en el pasillo antes de entrar a su habitación. Pensé que sería mejor que le echáramos un vistazo nosotros antes, para que él no se lleve niguna sorpresa.
—¿Qué sorpresa? —murmuró Ron en voz baja—. Todos sabemos como va a reaccionar.
—¿Así que lo bebió? ¿Voluntariamente? —preguntó Ginny, señalando la taza vacía—. Te dije que lo haría —añadió cuando Hermione asintió con la cabeza.
—Ginny... ¿durante cuánto tiempo lo estuviste tomado? —preguntó Hermione, incapaz de contenerse.
—Un par de meses —contestó ella—, hasta que las pesadillas se hicieron menos frecuentes y me encontré lista para afrontarlas.
—¿Y bien? —preguntó Ron, tan pronto como su hermana se apartó y se detuvo al lado de Hermione para ojear el periódico—, ¿algo que no sepamos?
"MORTÍFAGOS ESCAPAN DE AZKABAN"
Hermione leyó el titular en voz alta.
—Se parece bastante al artículo que escribieron después de la primera fuga.
—Incluso han utilizado las mismas fotos —corroboró Ginny, observando la torcida y pálida cara de Antonin Dolohov—, excepto la de Malfoy —añadió, con una sonrisa de satisfacción—. Ésa es nueva.
Lucius Malfoy
Ginny leyó la reseña que aparecía bajo la fotografía del rostro engreído.
Escapó de la justicia después de la caída de Lord Voldemort, asegurando que había sido forzado a actuar bajo la maldición Imperius. Presunto de ser el líder del grupo de mortífagos capturados en el Departamento de Misterios el pasado junio aunque, hasta el momento, este alegato no ha podido ser confirmado. La verdad acerca de la participación del Sr. Malfoy junto a El-que-no-debe-ser-nombrado todavía se desconoce. Sobre él no pesa ninguna sentencia aunque tiene un juicio pendiente.
—¿De qué demonios se trata esa basura de "presunto" y "alegato"? —exclamó Ron.
—Imagino que están siendo cautelosos porque no quieren ser demandados por difamación —comentó Hermione, escudriñando el resto del artículo y continuando con el siguiente.
—Ajá. Y Voldemort, siendo lo buena persona que es, lo ha liberado porque era inocente —replicó Ron sarcásticamente—, por favor...
En vez de responder, Hermione comenzó a leer el siguiente artículo en voz alta.
LA MARCA TENEBROSA NUBLA LOS CIELOS
Hijos de muggles, masacrados.
Tarde a la noche, un portavoz del ministerio de magia confirmó los informes de que la Marca Tenebrosa se había materializado en, al menos, cinco lugares diferentes en el día de ayer. El señor Weasley no habría…
—Percy —gruñó Ron, retorciendo sus facciones en señal de disgusto—. No puedo creer que aún se ponga de parte de esos hambrientos de poder.
Ignorándolo, Hermione retrocedió y continuó leyendo aún más alto, esperando acallarlo.
El señor Weasley no habría contestado preguntas, pero sí concedió una breve declaración.
“A primera hora de la mañana, la marca tenebrosa ha sido descubierta cubriendo el sitio de cinco homicidios diferentes. Brigadas de aurores fueron enviadas inmediatamente y ya tienen la situación bajo control. Tras un exhaustivo registro de las zonas implicadas, han asegurado que los Mortífagos responsables de estos atroces crímenes ya no se encuentran por los alrededores".
—Claro, eso era porque estaban todos en Azkaban liberando a sus compañeros, idiota —gruñó Ron, hablándole al artículo.
—¿Dicen quiénes fueron las víctimas? —preguntó Ginny, mirando fijamente el periódico mientras Hermione revisaba el resto del artículo.
—No —contestó ella al terminar—. Sólo dice que las víctimas eran muggles o hijos de muggles. Eso es todo. No hay nombres, pero sí hay una lista del lugar de los ataques.
—Así que no hay nada que no supieramos ya... —afirmó Ron, dejándose caer de espaldas sobre la cama de Ginny y mirando fijamente al techo.
—Nop —contestó Ginny, sentándose en el borde del escritorio de Hermione—. Entonces, ¿qué le decimos a Harry?, ¿que lo leímos en el periódico o que nos lo contó Bill?
—Que nos lo dijo Bill, por supuesto —contestó su hermano—. El periódico no dice que los ataques fueron una distracción, pero Bill lo hizo.
—Cualquier idiota podría darse cuenta de eso —replicó Ginny—. Incluso tú.
—Gracias —gruñó Ron, cuando Hermione resopló.
—¿Eh? —preguntó ella, sonriendo y apartando los ojos del periódico—. ¿Me decías algo?
—¿De qué te ríes tanto? —preguntó Ron.
—Ah —contestó ella con una leve sonrisa—, parece ser que a Fudge se le ha ido el Profeta de las manos. Es muy parecido a lo que escribieron sobre Harry el año pasado, pero los comentarios viles son mucho más obvios. Espero que disfrute una porción de su propia medicina —declaró Hermione, pasando a la siguiente página—. ¿Ven?, esto es lo que quiero decir —continuó ella como si Ron y Ginny hubieran continuado leyendo el artículo y supieran de lo que estaba hablando—. “Nos preguntamos ahora si el generoso benefactor del ministro estaba en realidad buscando favores”.
—Ah, claro... —dijo Ron, echando un vistazo hacia su hermana para ver si ella había entendido lo que eso significaba.
—Sugieren que Malfoy, el "generoso benefactor" de Fudge, le estaba pagando para que éste se hiciera el tonto —explicó Hermione.
—¿Quieres decir que Voldemort tiene a Fudge en su bolsillo?
—Exacto.
—Así que, en otras palabras, él sabía de los ataques y de la fuga, pero no hizo nada para impedirlos —dijo Ginny.
—Básicamente —corroboró Hermione—. De una forma sutil, claro está.
—¿Crees que sea verdad? —preguntó Ron, arrugando su frente como si estuviera analizando la situación.
—Espero que no —replicó Hermione—. Lo más probable es que sólo sea un idiota incompetente —continuó ella, arrojando el periódico encima del escritorio y a un lado de Ginny—. Al menos así lo espero, por el bien de tu hermano.
—No te preocupes por Percy —gruñó Ron—. Es como cualquier otra rata. Abandonará el barco tan pronto comience a hundirse.
Hermione notó que Ron no era el único que había fruncido el ceño; su hermana se le había unido. Un sólo vistazo al rostro de Ginny le tomó para darse cuenta que ella coincidía con la evaluación de su hermano, y estaba tan disgustada con la idea como él.
...
Un par de horas después, Bill se las arregló para atrapar a su hermano menor mientras caminaba por el pasillo del segundo piso.
—¡Ron! —dijo él detrás del chico, colocando una mano sobre su hombro y llevándolo lejos de la escalera, de regreso a uno de los cuartos—. Necesito cruzar unas palabras contigo. En mi habitación.
—¿Qué? —gritó Ron, mientras las campanas de alarma sonaban a todo volumen en su cabeza—. «Sabía que no tenía que haber subido a ver cómo estaba Harry yo solo». ¿Pero... ahora? —preguntó él, meneando los hombros en un intento por liberarse del agarre de su hermano.
—Sí, ahora —insistió Bill.
—Pero... Hermione y Ginny me están esperando.
—Sólo será un momento —contestó Bill, abriendo la puerta de su dormitorio y empujando a Ron adentro.
«Oh Dios —se lamentó Ron para sí mismo cuando la puerta se cerró detrás de él—. Que no sea lo que yo creo que es».
—Así que... —dijo Bill, colocándose entre su hermano y la puerta—, Hermione y tú pasaron la noche juntos, ¿verdad?
—¡AH, NO! —gritó Ron, sacudiendo su cabeza mientras se estiraba para alcanzar la puerta—. No vas a conseguir que hable de esto contigo de nuevo, ya me jodiste bastante la primera vez.
—¿Te puedes calmar por un segundo? —pidió Bill, agarrando a Ron por los hombros y arrastrándolo de vuelta al centro de la habitación.
—¡De ninguna manera! —aulló Ron—. ¡No y no! No voy a escuchar esto —protestó rotundamente—. Ella me dijo que no te hiciera y tiene razón. Ahora, fuera de mi camino.
—¿Hermione te dijo que no me hicieras caso? —preguntó Bill, arqueando una ceja por la sorpresa—. ¿Le contaste lo que te dije?
—Claro que se lo conté. Arruinaste todo. No tuve otra opción mas que decírselo —admitió Ron—. Era eso o dejarla pensar que me repugnaba tanto que no quería tocarla.
—¿Qué?
—No quiero hablar de eso —gruñó Ron al mismo tiempo que se lanzaba de nuevo hacia la puerta—. Las cosas andan bien, estupendamente bien. Así que sal de mi camino.
—¿Voy a tener que usar mi varita en ti, hermanito? —preguntó Bill—. Porque si eso es lo que tengo que hacer para callarte y tenerte así por cinco minutos, lo haré.
—¡Bien! —gritó Ron, cruzándose de brazos y mirando fijamente a su hermano—. Di lo que tengas que decir y acabemos con esto de una vez.
—Toma —dijo Bill, sacando un maltratado y manoseado libro de encima de su escritorio y colocándolo en manos de su hermano.
—¿Qué es esto? —preguntó Ron, mirando la cubierta en busca de un título que no existía.
—Eso —contestó Bill—, es un legado Weasley. Se lo pasé a Charlie, quien se lo dio a Percy, quien -lo creas o no-, se lo pasó a Fred. Se suponía que él te lo daría a ti, pero obviamente no lo hizo. Tenía la pobre excusa de que era el turno de George —explicó Bill—. Como si George no lo hubiese leído ya de punta a punta. Además, George no tiene novia y cuando la tenga puede comprarse su propio maldito libro. Éste es mío y he decidido que es el momento de prestártelo a ti.
Ron no supo por qué, pero antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo, abrió el libro y echó un primer viztado a las páginas ya marcadas con las esquinas dobladas.
—¡MIL DEMONIOS! —gritó él con los abiertos como platos—. ¡Es un libro de sexo! —chilló, cerrándolo de golpe al mismo tiempo que se ruborizaba tanto que su cara ya parecía un nabo maduro.
—Sí, lo sé —replicó con calma su hermano mayor.
—¡Con fotografías animadas! —gritó Ron aún más alto.
—Las encontrarás bastante educativas.
—¡MIL DEMONIOS! —gritó Ron otra vez—. ¿Un legado Weasley? ¡NO VOY A DARLE UN LIBRO DE SEXO A GINNY! —vociferó él, indignado.
—¡Por supuesto que no! —replicó Bill, sacudiéndole el pelo—. ¿Qué te pasa? Cuando termines de leerlo se lo pasas a Harry.
—¡Tampoco se lo voy a dar a Harry! —declaró Ron con su cara roja como un tomate—. Pensará que soy un pervertido.
—Te tengo noticias, Ron —sonrió Bill, abriendo la puerta y yendo hacia el pasillo—. Tú eres un pervertido. Y también lo es Harry y cualquier otro tipo que conozcas. No pierdas el tiempo negándolo, sólo acéptalo. Es mucho más divertido de esa forma. Sólo se es joven una vez, ¿sabes?
—Le diré a mamá que me dijiste eso si me pilla con esto —dijo Ron, mientras su hermano se retiraba—. Te culparé de todo a tí y a tu pequeño y sucio librito.
—Es tu sucio librito ahora —rió Bill—. Lo que hagas o dejes de hacer con él no es asunto mío.
—Veremos si mamá opina de la misma forma.
—Vaya gratitud —sonrió Bill, sabiendo que Ron ladraba mucho pero pocas veces mordía— Un simple "gracias" hubiera sido suficiente.
«¿Qué demonios se supone que voy a hacer con esto?» —se preguntó Ron, mirando fijamente el libro que tenía en sus manos como si fuera su propia versión de la caja de Pandora. Era, sencillamente, un problema. El conocimiento que podría adquirir con ese pequeño libro podría serle muy útil pero, al mismo tiempo, podría resultar muy peligroso. Si su madre lo encontraba se pondría como un basilisco. Y si Hermione lo atrapaba consultándolo... decididamente prefería no contemplar su reacción. Terminaría con él tan rápidamente que su cabeza daría vueltas. Entonces sí que necesitaría un libro pornográfico. Sería la única acción que conseguiría.
Aún así, de ningún modo iba a dejar pasar de largo esa oportunidad. Estaba tentado a escabullirse a algún sitio más privado, donde nadie lo buscase, para estudiar a fondo su contenido, pero no podía. Se suponía que debía estar abajo. Su hermana y su novia lo esperaban. Si no se dejaba ver, una de ellas, o peor, ambas, vendrían a buscarlo. Tarde o temprano ellas lo encontrarían y cuando lo hicieran… bueno, podría ser bastante embarazoso.
No; tenía que deshacerse rápidamente de él. «¿Pero, dónde lo escondo? —se preguntó Ron mientras se dirigía al pasillo. No podía dejarlo en su cuarto, porque Harry podría encontrarlo. Y, por supuesto, tampoco podía bajarlo consigo. Si Hermione le veía con un libro querría saber de qué se trataba, y si se negaba decírselo, empezaría a sospechar y le exigiría verlo. No, no podía llevarlo consigo. Tendía que deshacerse de él en algún lugar antes de regresar al cuarto de las chicas—. Harry todavía esta dormido —recordó—. Lo dejaré en mi baúl por el momento y después buscaré un sitio donde esconderlo».
...
—¿Escuchaste lo que acabo de decirte, Harry? —preguntó Hermione, mirando de reojo a Ron y de nuevo a Harry, el cual aún no había reaccionado ante la noticia de la fuga.
—Los ataques fueron una distracción —dijo Ron, mirando detenidamente y con inquietud la cara de su compañero en busca de algún signo que le permitiera averiguar qué estaba pensado.
—Ya lo dijiste —contestó Harry, arrancándole de las manos a Hermione el ejemplar del Diario El Profeta—, pero eso no lo que dice aquí —continuó, después de ojear los artículos de la primera página, lanzando el periódico sobre su cama.
—Mira, Harry... —comenzó Hermione, después de intercambiar una mirada con Ron—, te hemos dicho que nos lo contó Bill.
—Cuando regresó de ese lugar —añadió Ginny—. Él estuvo presente y lo vio todo con sus propios ojos. El profesor Dumbledore le dijo a Fudge que los ataques fueron una distracción después de hablar con la mamá de Colin. Le dijo que enviara aurores a Azkaban, pero ya conoces a Fudge, no le gusta que le digan lo que tiene que hacer. Ignoró a Dumbledore y, entonces, la Orden fue al lugar de los hechos. Bill te lo contará él mismo si se lo preguntas, sólo espera a que mamá no esté cerca.
—No, les creo —contestó Harry, mucho más tranquilo de lo que ellos habrían esperado. No se habían dado cuenta de que lo que le estaban contando era una buena noticia para él. Si los ataques realmente fueron una distracción, entonces todas aquellas personas no habían muerto por su culpa. La razón de las muertes era que Voldemort deseaba distraer al Ministerio y enfocar la atención de los aurores en cualquier sitio menos en donde debía estar realmente.
—¿En serio? —preguntó Ron, mirando boquiabierto a Harry, incrédulo.
—Te lo estás tomando bastante bien —dijo Hermione francamente.
—¿Esperaban que me enoje?
—Pues sí —contestó Ron—. Quiero decir, ¿quién no?, ese bastardo psicópata…
—Ron —interrumpió Hermione, antes de que continuara su exaltado discurso.
—Bueno, es que estoy enojado —murmuró Ron—, por eso sería lógico que tú lo estuvieras también.
—Estoy enfadado —contestó Harry, mientras apretaba fuertemente los puños a ambos lados de su cuerpo.
Fue entonces que Ron notó la fría ira que ardía en los brillantes ojos verdes de Harry. Estaba luchando por contener su furia, pero estaba allí, ardiendo lentamente bajo la superficie, intentando desencadenarse, pero, por alguna razón, Harry la estaba conteniendo. Era realmente aterrador ver esa furia escondida dentro de su mejor amigo. Hermione podía ser igual de aterradora cuando de verdad se enfurecía. Podría parecer poca cosa, pero era una fiera propensa a golpear donde menos se esperaba. Aún así, Ron sospechaba que las chispas que le había visto soltar cuando la presionaba no eran nada comparadas con el infierno que Harry intentaba mantener a salvaguarda. Odiaría estar cerca cuando dicha llama explotara.
—... pero no hay mucho que pueda hacer al respecto en este preciso momento —finalizó Harry.
—¿Qué quieres decir con “en este preciso momento”? —preguntó Hermione, inquieta—. No estarás planeando ir tras él, ¿verdad?
—¡Es una locura! —exclamó Ginny.
—No tengo que ir tras él —admitió Harry, preguntándose cómo reaccionarían sus amigos si supiesen acerca de la profecía—. Todo lo que tengo que hacer es sentarme a esperar, y él vendrá por mí.
—Ay, Harry —se lamentó Hermione—, no...
—¿No qué? —preguntó Harry. Aunque sabía perfectamente lo que iba decir, deseaba retarla a que se lo dijera de frente.
—Es como si te hubieses resignado —contestó Ron por ella—. Parece que estuvieras esperando a que él venga y… te mate. Como si quisieras que lo hiciera o algo así.
—No importa lo que yo quiera —admitió Harry, decidiendo que no era el mejor momento para compartir su secreto con ellos, especialmente con Ginny delante. Decirles a Hermione y a Ron que iba a convertirse en un asesino iba a ser más que difícil, pero con Ginny era diferente. No la conocía tan bien como a los demás y no podía predecir cuál sería su reacción. Lo último que deseaba era que ella le tuviera miedo. Voldemort ya la había hecho pasar por un infierno una vez. Cuanto menos supiera al respecto, mejor—. Ocurrirá a pesar de todo —suspiró con resignación ante su destino.
—No si lo puedo evitar —dijo Hermione tenazmente.
«Espero que sí vengas por mí, bastardo —pensó Harry—, porque voy a estar esperándote y te aseguro que esta vez voy a estar preparado. No voy a permitir que lastimes a ninguno de los que quiero».
...
—¿Tú qué opinas? —le preguntó Hermione a Ginny, mientras regresaban a la habitación.
—No lo sé —admitió la pelirroja—. Simplemente no lo sé. No reaccionó como esperaba.
—Quizá Ron sea capaz de sacarle algo más.
—Quizá —contestó Ginny—, «pero lo dudo».
...
Habían pasado tres días desde la conversación con Harry acerca de la fuga y en todo ese tiempo, apenas había salido de su habitación. Las únicas veces que lo hacía era para ir al baño. Si no salía del cuarto no tenía que enfrentarse al hecho de que Sirius no estaba allí. Hermione y Ron parecieron comprender esto y ninguno de ellos lo presionó. De hecho, Ron se mantuvo aislado con él por algunos días para hacerle compañía.
Era obvio para Harry que sus dos amigos habían hablado del tema y habían llegado a la conclusión que Ron debería ser el que estuviese al tanto de él. Aunque sabía que ellos lo hacían por su bien no podía menos que encontrar este comportamiento bastante denso. Más que denso, lo irritaba. De hecho, Ron ya le tenía los nervios de punta. Siempre estaba ahí, a sus pies, en medio del camino. Incluso ahora que Harry quería dormir no podía porque Ron seguía dando vueltas incansablemente en su cama.
Por supuesto, Harry no era el único frustrado por la situación. Ron estaba tan perturbado como su mejor amigo. No era su culpa el no poder dormir. Como si quisiera pasarse toda la noche dando vueltas en la cama en un vano intento por encontrar una posición cómoda. No podía evitar haberse acostumbrado a dormir con Hermione acurrucada a su lado. Hermione, su novia, a la que casi no había visto ni hablado en varios días. Pero el que no pudiera contarle sus problemas a Harry, no era excusa para que éste le arrojase un despertador por la cabeza. Además, por poco lo lastima.
Ron necesitaba un respiro. Tenía que salir de esa habitación antes de volverse completamente loco o antes de que Harry encontrara algo más grande que lanzarle. Decidido, se levantó de la cama, tomó su almohada y su manta y se dirigió a la puerta. Casi la había alcanzado cuando se detuvo y regresó a los pies de su cama.
—¿Ahora qué? —gruñó Harry en la oscuridad.
—Cállate y tómate tu bendito té —gruñó Ron en respuesta, mientras abría su baúl y revolvía dentro—. Te pondrá a dormir.
Le llevó apenas un minuto encontrar lo que buscaba, hasta que sus manos tantearon las destrozada cubierta del libro que le había dado Bill. Con el material de lectura en su poder, Ron cerró el baúl de un golpe seco, se dirigió hacia la puerta y salió de la habitación.
...
—¡Ron! —exclamó Hermione sorprendida, cuando al salir del baño lo vio parado delante de la puerta—. ¿Qué haces aquí? —le preguntó en un susurro asomando la cabeza por el pasillo y mirando a todos lados, esperando ver a Harry con él. Ella sabía que la situación entre los dos se había puesto muy tensa la otra noche y que Ron había acabado durmiendo en el sofá del estudio. Ron la había sacado de la cama y le había contado todo tan pronto como había logrado salir del dormitorio.
Hermione y él decidieron entonces que no era una buena idea que él pasara tanto tiempo con Harry. Desde entonces se habían estado turnando para hacerle compañía. Ron, quien prefería dormir en su cuarto, lo hacía por las mañanas y Hermione solía relevarlo alrededor de la hora del almuerzo, aunque ella no pasaba mucho tiempo junto a él. Harry obviamente quería estar solo, así que muy a menudo ella dejaba de lado la comida, charlaba con él un ratito —o al menos lo intentaba—, y se volvía a marchar. Aunque su turno no empezaba hasta la tarde noche. a decir verdad, ya que al ser la más persistente de los dos, o “la fastidiosa” —como decía últimamente Ron—, tenía como tarea hacer que Harry saliera de su habitación. Y por algún milagro, había funcionado. Quizá porque estaba harto de ver siempre las mismas cuatro paredes o quizá porque estaba cansado de oírla insistir siempre con lo mismo, pero el caso es que sólo le tomó un día convercerlo de bajar al estudio para pasar un tiempo todos juntos.
Esa primera noche había sido bastante tensa. Harry se pasó casi todo el tiempo mirando el tapiz que colgaba de la pared. Ron había intentado distraerlo con una partida de ajedrez y, aunque había conseguido que jugara, sus ojos seguían buscando la zona quemada donde había estado grabado el nombre de Sirius.
En medio de la segunda partida, Hermione perdió la cabeza —al menos desde el punto de vista de Ron—, y le soltó que ella también echaba de menos a Sirius. Ginny inmediatamente dejó sus deberes y miró con detenimiento a Harry en espera de su reacción. Ron no esperó ninguna reacción; le dio un puntapié a Hermione por debajo de la mesa intentando callarla. Pero ella, como de costumbre, lo ignoró. Apartó sus piernas para ponerlas fuera de su alcance y continuó hablando a pesar de la cara de pánico que ponía Ron. Hermione no estaba presionando a Harry para que hablara de sus sentimientos, más bien le estaba mostrando los suyos a él. Sólo quería que supiera que no era la única persona que echaba de menos a Sirius ni la única a la que se le hacía difícil estar en su casa sin pensar en él.
La boca de Ron caypo abierta en completa incredulidad cuando Harry empezó a preguntarle cosas a Hermione y sacudió la cabeza como si estuviera de acuerdo con las respuestas de ella. Lejos de ponerlo nervioso o hacerlo querer huir de la habitación, la conversación parecía relajar a Harry, quien dejó de mirar fijamente al árbol genealógico de los Black. Incluso volvió por su propia voluntad al anochecer siguiente, lo cual era una buena señal. La situación con Harry había mejorado, al menos desde el punto de vista de Hermione, pero quizá habían dado marcha atrás. Quizá por eso Ron estaba parado allí.
—¿Es Harry? —preguntó, muy ansiosa—. ¿Tuvo una visión o algo? ¿Qué pasó?
—No pasó nada —contestó Ron, forzando su entrada al baño y trabado la puerta tras él—. Sólo quería verte. Han pasado siglos desde que disfrutamos de un buen "rato a solas" —añadió, arqueando sus cejas sugestivamente. Luego, sin más palabras, se abalanzó sobre ella.
—¿Estás loco? —siseó Hermione cuando encontró suficiente buen juicio como para separarse de sus voraces labios—. Alguien podría vernos —se quejó sin poner demasiada resistencia. Ron tenía razón, hacía mucho que no estaban a solas como en ese momento. Ella sólo había pensado en cuánto extrañaba sentirse así, en cuánto extrañaba sentirlo a él, y ahora lo tenía allí a su lado. Su boca en su cuello, una de sus manos subiendo por su espalda y su cuerpo entero hormigueado del incontrolable deseo que sólo él lograba producirle.
—¿En el baño? —murmuró él, haciendo que ella sintiera aquel aliento caliente en su oído.
—Mmmn... no —gruño ella, luchando por mantener la cordura—. No, cuando salgamos...
—No nos verán —interrumpió él, riendo entre dientes a la vez que le mostraba lo que llevaba en la mano que no estaba acariciándole la espalda.
—¿Sabe Harry que la tienes tú?
—¡Claro! —espetó él, sarcásticamente—. Esa es justo la conversación que querría tener con él. "Oye, Harry, ¿te importaría prestarme tu capa de invisibilidad por un rato? Es que quiero manosear a Hermione y no me gustaría que mamá nos descubriera". No, se tomó el té al anochecer —confesó Ron—. No sabremos de él por unas horas.
—¿Y si yo no quiero que me manosees? —se burló ella.
—Ya querrás cuando lo esté haciendo —contesto él con una sonrisa de satisfacción y confianza.
—Engreído —rió ella, dándole un ligero golpe en el brazo.
—Si te encanta... —declaró Ron, mientras la hacía retroceder y pasaba junto a ella para abrir el agua en la ducha.
—¿Planeas tomar una ducha fría? —preguntó Hermione, mientras veía cómo Ron se sacaba la remera por la cabeza y la arrojaba al suelo.
—Puede ser —le indicó él, bajándose los pantalones del pijama también—, cuando ya me haya encargado de ti.
—Yo ya me bañé, gracias —se mofó ella, mordiéndose el labio inferior y dejando caer los ojos en sus calzoncillos—. Me limitaré a mirar.
—¿Mirar? —resopló Ron, tirando del nudo que mantenía la bata de ella cerrada, para abrirla y deslizar sus manos sobre sus hombros para quitársela—. ¿Dónde está la gracia en eso? —preguntó, decepcionado al descubrir que llevaba puesto un camisón debajo.
—Entonces, ¿nunca te has imaginado cómo sería verme… en la ducha? —preguntó, eligiendo cuidadosamente las palabras—, ¿verme… mojada, mis manos recorriendo mi propio cuerpo?
—¡OH, MERLÍN! —gimió Ron fuertemente—. Sí —admitió en voz baja y ronca—. Merlín, sí, por favor —suplicó él con los ojos ardiendo de deseo—. Pero… no sé si seré capaz de sólo mirar —admitió Ron.
—Exactamente, ¿qué es lo que tienes en mente? —preguntó ella coquetamente.
—¿Qué tal si te miro —gruñó Ron, cogiendo el borde inferior de su camisón y subiéndolo lentamente por sus piernas—, y cuando ya no pueda soportarlo más, sustituimos tus manos por las mías?
—En otras palabras, tú me enjabonas la espalda y yo la tuya...
—Algo así.
—Muy bien —aceptó Hermione, después de pensarlo por un momento—, pero primero baja las luces.
—Ya te he visto desnuda —protestó Ron, aún mientras se dirigía a una de las lámparas de gas que iluminaban la habitación y apartaba el cristal que protegía la llama.
—Lo sé —asintió ella, ruborizándose levemente mientras Ron apagaba la llama y volvía a colocar el cristal—, pero... sólo hazlo, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, amor —Ron rió entre dientes al mismo tiempo que apagaba la lámpara del otro lado del espejo—. Pero aún puedo verte —añadió, señalando la lámpara que aún ardía en la pared opuesta—, ¿apago esa también?
—No —contestó ella—. Si lo haces no podré verte.
—Puedes verme siempre que quieras —le indicó Ron, pasando las manos por su cintura y atrayendo su cuerpo junto al propio—. Todo lo que tienes que hacer es pedirlo.
—Lo tendré en cuenta —rió Hermione, pasando sus brazos alrededor de su cuello—. Ahora cállate y bésame.
—Eres demasiado mandona —se burló Ron, justo antes de cubrir sus labios con los suyos.
«Siempre tienes que decir la última palabra, ¿verdad?» —fue lo último que pensó Hermione antes de dejar que su cordura la abandonase definitivamente.
...
—Ahí estás —dijo Ron, metiendo la cabeza en la habitación de las chicas y espiando a Hermione, quien estaba encorvada sobre su escritorio con la nariz enterrada en un libro y su pluma escribiendo a toda velocidad sobre una hoja de pergamino—. ¿Qué estás haciendo? —preguntó él. Habían pasado dos días desde su encuentro en el baño y esperaba convencerla para que se escabullese con él un rato más.
—Tarea de pociones —contestó ella, sin molestarse en levantar la vista.
—Pero si terminaste tus deberes hace décadas.
—Sí —corroboró Hermione—. ¿pero y tú? Volvemos a la escuela en menos de dos semanas ¿No crees que es tiempo de empezarlos?
—Ya los he empezado —protestó Ron débilmente.
—Pero no has terminado ninguno —disparó Hermione.
Cómo se las arreglaba ella para leer, escribir y ser tan fastidiosa al mismo tiempo, Ron jamás lo entendería.
—Pero tú sí —dijo él, intentando cambiar de asunto—. ¿qué es lo que realmente estás haciendo?
—Ya te lo he dicho. Estoy haciendo deberes de pociones.
—Pero ¿por qué? Tú ya los terminaste.
—Yo sí, pero Harry no —respondió ella inocentemente.
—¡¿QUÉ?! —gritó Ron, incapaz de ocultar su indignación—. No le estarás haciendo los deberes a Harry, ¿verdad?
—Sólo los de pociones —contestó ella con calma—, y deja de mirarme así —dijo bruscamente, y sus ojos seguían pegados al libro—. Ya sabes cómo es el profesor Snape. Los demás profesores entenderán por qué Harry no ha hecho ninguno de sus deberes. Lo dejarán tranquilo y le dirán que termine el trabajo una vez volvamos a la escuela. Pero Snape no, él…
—... lo usará como excusa para expulsarlo de la clase —terminó Ron en su lugar—. El vengativo hijo de mil…
—¡Ron! —lo reprendió ella—. No podemos permitir que eso suceda, ¿verdad? —añadió—. Porque si no le permiten cursar pociones no podrá llegar a ser Auror.
—¿Hermione? —la llamó Ron con esperanza.
—Ni lo intentes —dijo ella bruscamente.
—Pero… bien —suspiro él—. Se los copiaré a Harry cuando él los tenga —se burló.
—Hazlo y te echaran de la asignatura junto con Harry.
—¡Pero si nosotros siempre hacemos nuestros deberes juntos! —se quejó Ron—. Si nuestros ensayos no son similares, Snape sabrá que hay gato encerrado.
La pluma de Hermione se quedó estática en medio del pergamino y ella levantó la vista, mirando fijamente a Ron.
—Muy bien —dijo ella tras estudiarlo atentamente.
—¿De verdad? —preguntó Ron con la cara completamente iluminada.
—Trae tus cosas —ordenó, dejando el ensayo en medio del libro que había estado leyendo y cerrándolo—. Nos veremos en el estudio para hacerlo juntos.
—¿Quieres decir que aún tendré que escribirlo yo mismo? —se quejo él con poco entusiasmo, aunque hacer los deberes con Hermione no podía ser ni remotamente tan terrible como hacerlos él solo. Si se hacía el tonto y fingía que no entendía lo que tenía que leer, ella prácticamente le diría lo que debía escribir. Con un poco de suerte terminaría en una o dos horas.
—¿Cuando haces los ensayos junto a Harry es él quien te los escribe?
—No —rió Ron entre dientes.
—Entonces no se habla más —dijo ella, levantándose de la silla y tomando el frasco con tinta y su pluma del escritorio.
—¿Mione? —le preguntó Ron desde la puerta—. ¿Me ayudarás con mi ensayo de transformaciones cuando terminemos? He intentado hacerlo, pero el libro me confunde y todo me parece más claro cuando me lo explicas tú.
—¿Dónde está Harry? —preguntó ella en vez de responderle.
—Subió a alimentar a Buckbeak.
—¿De verdad? —preguntó Hermione bastante impresionada—. Creí que no querría acercarse allí. Buckbeak le debe de recordar a Sirius.
—Sí —admitió Ron.
—Quizá esté listo para enfrentarse a ello.
—Es eso o está buscando un lugar dónde meditar.
—Creo que está mejorando —contestó ella.
Y era verdad, él había mejorado. Ahora Harry pasaba casi todas las veladas y muchas tardes en el estudio. Había dejado de evitar a todo el mundo y de hecho había hablado con todos los miembros de la familia Weasley de una cosa o de otra. Aún no bajaba a la cocina, pero eso no era un gran problema; la señora Weasley les enviaba la comida para los tres y Ginny. Ellos normalmente comían en el estudio; "la sala común de Grimmauld Place", como Ginny solía llamarla.
—Bueno, ya sabes cómo es —le recordó Ron—. Unos días está mejor que otros.
—Sí —suspiró Hermione—. Bueno, ve a buscar tus cosas. Y no te olvides de traer mi libro de Transformaciones —añadió, poniendo el libro de Pociones en sus brazos antes de empujar a Ron hacia el pasillo.
...
—Ya era hora de que te dejaras ver —dijo una suave voz momentos después de que Harry entrara a la habitación donde Sirius había alojado a Buckbeak y cerrara la puerta tras él.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Harry, girándose alarmado y mirando a Ginny fijamente a los ojos.
—Te espero —contestó ella, lanzándole una rata muerta al hipogrifo—. De hecho, he estado viniendo aquí todos los días de la semana —continuó—. Sabía que era cuestión de tiempo para que tú…
—¿Para que yo qué...? —preguntó Harry ofendido ¿Tan predecible era?
—... para que volvieras a la escena del crimen.
—¿Qué?
—Ya me oíste —contestó ella, lanzando casualmente otra rata al suelo—. No puedes ir al Departamento de Misterios, así que este es el siguiente sitio lógico. Era este o el dormitorio de Sirius. Debo admitir que no estaba segura cuál escogerías, así que he estado esperándote en ambos lugares.
—No sé de qué hablas —gruñó Harry, alejándose de ella y dirigiéndose a la puerta.
—No intentes jugar a esa basura de "no sabes cómo me siento" conmigo —gritó Ginny, saltando de su silla y situándose entre él y la puerta—. Sabes exactamente de qué estoy hablando —espetó, mientras se acercaba a él—, y también sabes que yo sé que lo sabes. He estado en la misma situación que tú y puedo reconocer los signos bastante bien.
—No quiero hablar de esto —refunfuñó Harry, mirando al suelo.
—Estoy segura de que no quieres —contestó ella, cruzándose de brazos y preparándose para el combate—, pero vas a hacerlo.
—¿Ah, sí? No me digas... —gritó Harry, mientras su ira incrementaba.
—Adelante, chilla todo lo que quieras —contestó Ginny—. De hecho, deberías tirar algunas cosas mientras lo haces. Te hará sentir mejor. Toma —dijo ella, cogiendo el saco con ratas del suelo y lanzándoselo a Harry—. Tíraselas a Buckbeak, una a una. Y no te preocupes —añadió cuando él dio muestras de asombro—, para él es como un juego. Las cogerá al vuelo antes de que lleguen a darle.
—No voy a tirarle nada a Buckbeak —contestó Harry, dejando caer el saco a sus pies y mandándolo de un puntapié hacia el hipogrifo—. Él no ha hecho nada malo.
—Tampoco Ron ni Hermione, pero eso no te ha detenido a desquitarte con ellos.
—No lo he hecho —protestó Harry vehementemente—. Ni siquiera les he gritado una vez.
—¿Qué me dices del reloj?
«¡Mierda! —pensó él, boquiabierto por la sorpresa—. Ron le ha contado lo del reloj despertador».
—Sólo fue una vez —dijo, tratando de justificarse—, y estaba volviéndome loco.
—¿Y por eso le lanzaste un reloj?
—Ron tira cosas todo el tiempo. No es la gran cosa.
—Ajá.
—No me importa que no me creas.
—El asunto, Harry, es que ni tú te lo crees. Deja de pelear y sólo permite que pase.
—¿Que pase qué? —preguntó él, realmente confundido.
—Ya casi llegas—contestó Ginny—. Has pasado por la negación y la ira. Has intentado vivir con ellas y te has dado cuenta de que no funciona. Te has sumido en la fase depresiva durante semanas. Sólo te queda un paso; aceptarlo. Viste luz al final del túnel y es por eso que terminaste aquí. Porque estabas tan acostumbrado a la ira y la depresión que te sientes culpable por dejarlas pasar y seguir adelante. Muy dentro de ti aún sientes que deberías ser castigado, como si no merecieras ser feliz después de lo que has hecho. Sirius se ha ido. Él no va a ser feliz de nuevo y tú no quieres serlo tampoco. Eso es lo que estás pensando, ¿verdad?
—¡NO HABLES DE ÉL!, ¡PRÁCTICAMENTE NO LO CONOCÍAS!
—¿Tienes alguna idea de cuantas veces terminé parada frente a la puerta del baño de Myrtle, la llorona? —preguntó Ginny, ignorando completamente el arrebato de Harry—, ¿de cuántas veces cuando bajaba a cenar terminaba en el pasillo donde Justin y Nick Casi-Decapitado fueron atacados? ¿Sabes lo duro que fue para mí ver a Colin en clase todos los días al comienzo de mi segundo año?, ¿o lo culpable que me sentía cada vez que me topaba con Hermione en la biblioteca y ella era amable conmigo? Casi maté a unas de las mejores amigas de mi hermano y ella, a pesar de todo, era amable conmigo. Y lo más enfermizo de todo era que yo quería sentirme culpable —admitió Ginny, mientras las humedad se acumulaban en sus ojos y los hacían enrojecer—. Todo el mundo se comportaba como si yo no fuera la responsable. Nadie iba a castigarme, así que decidí castigarme yo misma —dijo, e hizo una pausa para limpiarse bruscamente los ojos antes de que cayeran lágrimas y tomar un profundo respiro para calmarse—. Al final me di cuenta de lo que todos ya sabían. Realmente no era mi culpa. Cometí un error. Un tonto y estúpido error que puso en peligro muchas vidas, pero sólo eso. No lo hice a propósito. No soy una mala persona. Yo no ataqué a esa gente; Tom Riddle lo hizo. Tú comestiste un error, Harry, nada más. No lo has hecho con intención y tampoco eres una mala persona.
—No sabes lo que dices —gimió Harry, luchando contra las emociones que amenazaban con explotar dentro suyo. Podía lidiar con la furia, pero no con la aplastante tristeza y el sentimiento de pérdida. No, no iba a dejarlos expuestos delante de Ginny. No iba a dejarlos expuestos delante de nadie.
—Tú no mataste a Sirius ni a nadie más —insistió Ginny—. Voldemort lo hizo. En el fondo sabes que tu padrino odiaría verte así. Odiaría que te culparas por algo que hizo Voldemort. Te has estado castigando por algo que no fue culpa tuya.
—¡FUE MI CULPA! —bramó Harry a todo pulmón. Mejor centrarse en la ira que en el dolor.
—Aún si lo fuera —dijo Ginny suavemente—, ambos sabemos que Sirius no querría que te castigases de esta manera. Él te quería. Querría que fueras feliz. Y de seguro querría que sigas adelante.
—Tú no sabes lo que él quiere —gruñó Harry—. Nadie lo sabe porque está muerto
—Sí, lo está. Bellatrix Lestrange lo mató —dijo Ginny sin rodeos—. Lo mató porque estaba tratando de evitar que ella o Voldemort te hicieran daño. Tu bienestar era más importante para él que el suyo mismo —dijo, luchando contra sus propias emociones—, y así se lo agradeces, usando su muerte como una excusa para sumirte en la autocompasión.
—¡CIERRA TU MALDITA BOCA!
—Apuesto a que eso se sintió bien, ¿verdad?
—¡NO SABES QUIÉN SOY! ¡NO SABES NADA DE MÍ! ¡TODO LO QUE VES CUANDO ME MIRAS ES UN ESTÚPIDO, TRÁGICO E INCOMPRENDIDO HÉROE! ¡EL ENDEMONIADO NIÑO QUE VIVIÓ! ¡EL SALVADOR DEL MUNDO MÁGICO! ¡PUES BIEN, ESE NO ES QUIEN SOY!
—¿Quién eres, entonces?
—¡NO IMPORTA QUIÉN SOY! —rugió él—. ¡LO ÚNICO QUE IMPORTA ES EN LO QUE ME TENGO QUE CONVERTIR!
—¿Ah, si? —presionó ella, envalentonada por su rabia—, ¿y en qué es eso?
—¡EN UN MALDITO ASESINO! ¡EN EL RETORCIDO SUCESOR DE LORD VOLDEMORT!
—Has perdido completamente el buen juicio— se burló Ginny.
Harry no sabía qué hacer. Realmente no podía creerlo. Todo lo que pudo hacer fue quedarse de pie frente a ella y mirarla boquiabierto como un idiota, mientras ella sonreía ante él. Le acababa de decir que se iba a convertir en un asesino y ella tenía el descaro de reírse de él.
—¡Un asesino! —dijo Ginny con una risotada—, por favor, vas a tener que hacerlo mejor que eso, Harry.
—¡Es la verdad! —grito él, diciendo lo primero que pasó por su cabeza—. Es lo que decía esa estúpida profecía. «Eso sí le ha llamado la atención —pensó Harry, cuando Ginny dejo de reír y lo miró extrañada—. Ya no es tan gracioso, ¿verdad?».
—¿Entonces la oíste?, ¿antes de que Neville la rompiera? Tendrías que habérselo dicho, ¿sabes? Se sintió fatal después de romperla. Según él, te ha defraudado.
—Me alegro que la haya roto —contestó Harry sinceramente—, así nadie la escuchará jamás.
—Si tú la oíste, ¿por qué Neville no lo hizo? —preguntó Ginny, mirándolo como si no estuviera segura de creer esa historia.
—No la oí... —empezó él, pero Ginny lo interrumpió antes de que pudiera terminar.
—Entonces... ¿cómo sabes lo que dice?
—Dumbledore me lo dijo, ¿de acuerdo?
—Espera un minuto —dijo Ginny—, déjame aclarar esto. ¿El profesor Dumbledore te dijo que todo este tiempo te ha estado preparando para que te conviertas en un asesino y así puedas reemplazar a Lord Voldemor? Por favor...
—Es la verdad.
—No, no lo es. Debes haber entendido mal.
—No lo hice —insistió Harry.
—Sí lo hiciste —replicó Ginny al instante—. A pesar de lo que creas, yo sí te conozco, Harry, y también conozco a Tom Riddle. Son tan diferentes como el día y la noche. No hay forma de que te conviertas en alguien como él. Simplemente no es posible.
—Eso es lo que decía la profecía.
—¿Qué decía exactamente? —preguntó ella.
Harry estudió a Ginny cuidadosamente durante un momento y luego echó todo al demonio. Ya le había contado demasiadas cosas. Si le decía las palabras exactas, ella sabría que decía la verdad y saldría huyendo; o al menos daría por terminada la conversación.
—“El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca... —comenzó a recitar las palabras grabadas con fuego en su mente—. Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes... Y el señor Tenebroso lo señalará como su igual, pero él dentra un poder que el Señor Tenebroso no conoce.. Y uno deberá morir a manos del otro, pues ninguno de los dos podrá vivir mientras el otro sobreviva..."
—¿Y cuál es exactamente la parte que dice que te vas a convertir en un asesino? —inquirió Ginny con el ceño fruncido por la concentración.
—¿Qué parte de "uno deberá morir a manos del otro" no entendiste? —contestó él sarcásticamente.
—Eso no es asesinato, idiota.
—¿Qué? —exclamó Harry, incrédulo.
—Es defensa propia, pedazo de estúpido. No es asesinato si estás defendiendo tu propia vida.
—¿Qué? —preguntó él otra vez.
—Vamos, Harry —dijo Ginny, arqueando una ceja en señal de sorpresa—. No pensabas realmente que eso significaba que ibas a convertirte en una especie de desalmado asesino¿, verdad? O sea... ya, en serio.
—Bueno, sí —reconoció Harry.
—Eso es ridículo —rió Ginny—. Deberías haberte dado cuenta.
—No lo es —protestó él, sintié
dose bastante estúpido, pero intentando que no se notara.
—Tú eres el trágico héroe, ¿recuerdas? —contestó Ginny, usando sus mismas palabras contra él—. Si alguien se mete en líos tú tienes que salvarlo. Eso es lo haces. Eso es quien eres. Tú eres el héroe, no el villano.
—Tampoco soy un héroe —contestó él.
—Es gracioso —replicó ella al instante—. Me parece recordar a alguien decirme que tú una vez que mataste un basilisco con una espada para rescatar a una dama en apuros. ¿No escriben los muggles historias de hadas sobre cosas como esa?
—Cuentos de hadas —le corrigió él sin saber por qué. Era oficial, se estaba transformando en Hermione—. Em… mira Ginny, te agradecería que no le contaras a Ron o a Hermione lo de la profecía. Ni a ellos ni a nadie. Es que… —dijo él, algo incómodo—, preferiría hacerlo yo mismo.
—Claro —accedió ella, mucho más facilmente de lo que él habría esperado—, no hay problema. Suerte para ti que soy buena guardando secretos. Pero... sólo para que lo sepas, ellos tampoco se tragarán toda eso de "transformarte en el nuevo Señor Tenebroso"; aunque Fred y George disfrutarán de ésto cuando se enteren. Quizá hasta vuelvan a seguirte por todos lados para presentarte como un "verdadero mago tenebroso" cada vez que entres a una habitación.
—Cállate.
—Vamos, admítelo, es algo gracioso.
—Sólo porque no eras tú a la que molestaban.
—Sí, bueno —contestó Ginny—, intenta vivir con ellos quince años y luego hablamos de quién la pasó peor.
...
Ron y Hermione no tenían ni idea de la conversación que había tomado lugar entre Harry y Ginny en la habitación de Buckbeak, pero sí notaron el cambio repentino en la actitud de su amigo. No estaba tan hosco y retraído como antes. Era obvio para ambos que algo había ocurrido mientras estuvo con el hipogrifo. De hecho, podían ver un débil resplandor del viejo Harry brillando de tanto en tanto. Sonreía con los chistes de Ron, e incluso se había reído un par de veces.
Pero el avance más alentador había ocurrido justo el día anterior, cuando Harry buscó al profesor Lupin y pasó casi toda la tarde con él. Eso era una muy buena señal, desde el punto de vista de Hermione. El profesor Lupin era lo más parecido a un padre que le quedaba y, además, como era el mejor amigo de Sirius, seguramente sabría por lo que estaría pasando Harry. Si alguien podía entender su dolor y ayudarle a afrontarlo era Lupin. Ella sólo esperaba que Harry no intentara alejarlo de sí, por miedo o por cualquier otra cosa. Su antiguo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras necesitaba el apoyo de Harry tanto como Harry necesitaba el de él.
Perdida en sus pensamientos, Hermione no estaba muy atenta a la partida de ajedrez que tenía lugar frente suyo. Realmente no necesitaba seguir el partido para saber quién ganaría. Ron podía jugar con sus oponentes de vez en cuando, e incluso hacerles creer que tenían oportunidad de ganar, pero nunca nadie lo había derrotado. Nunca había entendido cómo Harry podía jugar con él una y otra vez sin frustrarse por ese hecho.
—¿Terminaron de empacar? —preguntó la señora Weasley, asomándose a la habitación y dejando una bandeja de bocadillos sobre el escritorio, a un lado del pergamino de Historia de la Magia casi terminado de Ginny.
—Sí —contestó Ron, mientras estudiaba el tablero.
—¿Cómo va tu ensayo, querida? —le preguntó la señora Weasley a su hija.
—Casi termino —contestó Ginny con un gesto de alivio—, sólo me queda añadir la conclusión.
—¿Qué hay de ti, Harry? —indagó la señora Weasley—. ¿Terminaste todos tus deberes?
—Ajá —contestó Ron, antes de que Harry tuviera tiempo de registrar la pregunta y responderla—. Hermione nos ayudó a los dos. Ya sabes como es... —continuó—, una verdadera Nazi de deberes —murmuró por lo bajo.
—Disculpa —espetó Hermione, al mismo tiempo que le golpeaba en el brazo. «Eso debería enseñarle a no hacer ese tipo de comentarios mientras estoy sentada justo a su lado».
—Bueno, sólo asegúrense de tener todo empacado para esta noche —dijo la señora Weasley, mientras se dirigía a la puerta—, porque saldremos más temprano de lo habitual. Todo lo que no esté empaquetado mañana por la mañana se quedará aquí. Incluído ese juego de ajedrez —añadió.
—Sí, mamá —gimió Ron, mirándola con fastidio mientras salía de la habitación—. Sólo nos lo has dicho unas cien veces —espetó mientras ella se alejaba—. Quizá deba dejar a Pig salir de su jaula —dijo, inclinándose hacia delante y moviendo su caballo—. Dejar a la pequeña molestia aquí sólo para fastidiarla.
—Seguro que Hedwig te lo agradecería —se burló Ginny—. Claro que mamá te lo mandaría de vuelta con una carta de reprimenda.
—Por lo menos no tendría que lidiar con él en el tren —contestó Ron—. Sabes... —continuó, mientras Harry hacia su jugada—, no sería tan mala idea después de todo. Podría escribirme una carta a mi mismo y dejar que me la entregue luego en el colegio.
—Salvo que te la entregue en el tren —indicó Hermione con una sonrisa de superioridad. Estaba a punto de sugerirle que en vez de eso le escribiera a Hagrid cuando algo grande y negro cayó desde el techo y aterrizó en sus piernas. Ella se lo quitó de encima instintivamente, sin saber ni imporarle qué era, y saltó del asiento.
Desafortunadamente, la cosa aterrizó en el sillón justo al lado de Ron, quien sí se dio cuenta de lo que era. Él saltó del sofá tan bruscamente que volcó el tablero de ajedrez mientras se alejaba de la araña a toda velocidad. Había cruzado la habitación plantándose detrás de la silla donde estaba Harry antes de que las piezas cayeran al suelo.
—¿Por qué hiciste eso? —le gritó a Hermione, alejándose aún más cuando Crookshanks saltó del sofá y atrapó la araña en el suelo.
—¿Qué? —preguntó Hermione, intentando no reírse. Por desgracia, Harry y Ginny ya se encontraban riéndose descaradamente, lo que hacía más difícil el poder contenerse.
Ignorando las piezas del ajedrez, Crookshanks saltó por el suelo y se abalanzó sobre la araña antes de que pudiera escabullirse. Ron vio con horror como el gato la ensartaba con una de sus garras, se la llevaba a la boca y se la comía.
—¡PUUUAAAAAJJJJJ! —gimió él con un escalofrío.
Esa fue la gota que revalsó el vaso. Hermione no pudo aguantar más. Mientras empezaba a reírse, pudo notar un cúmulo de emociones transformando el rostro de Ron. Se sentía dolido, disgustado e insultado a la vez. Hermione realmente no quería reírse de él, pero no podía evitarlo. Antes de que ella pudiera controlarse, él se dio media vuelta y abandonó, ofendido, la habitación.
—¡RON! —lo llamó ella, sabiendo que lo habían avergonzado—. No te vayas —suplicó ella—. No nos reímos más. De verdad.
Esto, por supuesto, hizo que Harry y Ginny se rieran aún más fuerte.
—Quizá deberíamos dejarlo en paz —consiguió decir Ginny—. Aunque..., al menos Crookshanks lo ha salvado de la enorme y malvada araña.
—Ginny —dijo Hermione aún riendo entre dientes—, no seas así.
—Iré a buscarlo —djio Harry, forzándose a sí mismo a recuperar la calma.
—No —protestó Hermione—, probablemente deba hacerlo yo. Cree que se la arrojé a propósito. Ustedes recojan el tablero —dijo ella, levantándose del sillón.
—¿Estás segura? —preguntó Harry, mirándola dubitativamente—. Si tú lo dices... —añadió, encogiéndose de hombros—, me quedaré jugando con Ginny hasta que terminen de pelear.
—No vamos a pelear —dijo Hermione, saliendo de la habitación.
—Sí, ya lo he notado —murmuró Harry para sí mismo—. ¿Qué les pasa a esos dos? —le preguntó a Ginny, mientras se colocaba en el sitio de Ron en el sofá—. ¿Cómo es que han dejado de reñir todo el tiempo? Se están controlando por mí, ¿verdad?
—Algo así —contestó Ginny evasivamente—. Ya sabes, porque no quieren alterarte.
—No puedo decir que extraño mucho que lo hagan —comentó Harry con una sonrisa mientras colocaba las piezas en el tablero.
...
Ron lucía tan abatido cuando Hermione lo encontró en su dormitorio que casi no pudo perdonárselo a sí misma. Se dirigió hacia dónde él estaba sin decir ni una palabra, y lo besó.
—Eres absolutamente adorable —le dijo ella con una sonrisa al apartarse.
—No me causó gracia, Hermione —gimió Ron, obviamente aún avergonzado y algo dolido.
—No lo hice a propósito —le aseguró ella—. Me asustó y le di un manotazo antes de darme cuenta lo que era.
Ron la miró algo dudoso. No ayudaba demasiado que ella estuviera mordiéndose el labio inferior para evitar reír de nuevo.
—Lo siento, no puedo evitarlo —admitió ella, luchando por contener su sonrisa—. Es demasiado tierno, en realidad.
—Ah, claro —espetó Ron—, ¿que los tres se rían de mi es algo tierno?
—No, tu reacción. El hecho de que no intentaras ocultar que estabas aterrado. Me encanta que puedas ser…
—No estaba asustado —gritó él, indignado—, es sólo que no esperaba que me arrojaras esa enorme araña peluda, nada más.
—Ron, está bien. Todos sabemos perfectamente que no te gustan esos bichos. No hay nada de qué avergonzarse.
—-No estoy avergonzado y no estoy asustado —dijo él a la defensiva, subiendo el tono de voz—. Fui al bosque prohibido y me enfrenté a las acromántulas come-hombres de Hagrid, ¿o no?
—Sí, lo hiciste —dijo ella, tomándolo de la mano ya sin reírse—. Y no creas que alguna vez vaya a olvidarlo —añadió, dándole otro beso—. ¿Por qué no volvemos abajo?
—¿Para que se rían de mi un poco más?
—Eso no es así, Ron. No estábamos riéndonos de ti, sólo…
—¿Sólo qué?
—... de la situación. Era graciosa. Yo también salté de mi asiento. ¿Cómo sabes que no se estaban riendo de mí? Además… —añadió ella, cuando él la miró, incrédulo—, es bueno que Harry se ría.
—Sí, claro —murmuró él mirando al suelo.
—A Harry y a mí no nos importa si te… si a ti no te gustan las arañas. También tenemos nuestras fobias, ¿sabes?
—He visto sus boggarts. No eran temores irracionales.
—Me dan miedo las alturas.
—¿Qué?
—Que no me gustan los lugares altos —admitió Hermione—-. Todo va bien mientras no mire hacia abajo, pero si lo hago me mareo y me da miedo caerme.
—Nunca te he visto marearte en la torre de astronomía. No dudas en acercarte a los telescopios, y eso que están muy cerca del borde.
—Está oscuro y miramos al cielo, no al suelo.
—No está oscuro cuando vamos a un partido de Quidditch
—Lo sé. «Ese maldito juego que tiene que jugarse a 15 metros de altura» —pensó ella—, por eso me sobresalto cada vez que uno de ustedes se inclina hacia el borde del palco.
—Y te cubres los ojos —dijo Ron, recordando la escena.
—Sí.
—Siempre creí que te ponías nerviosa por el partido
—No —contestó Hermione, meneando la cabeza. «Me da miedo que alguno de los dos se caiga y se rompa el cuello» —pensó.
—Pero… montaste un thestral. Volaste hasta Londres.
—Y tú te enfrentaste a las acromántulas de Hagrid. Algunas veces no tenemos opción. Vamos —dijo ella, cogiéndolo de la mano y guiándolo hacia la puerta—. Si no bajamos ahora, Harry subirá a buscarnos y no habrá forma de explicarle qué hemos estado haciendo.
...
—Rubesco —exclamó Tonks, apuntando y sacudiendo su varita sobre el cabellos de Hermione—. ¿Y bien? —preguntó, contemplando el reflejo de la joven en el espejo mientras el color de su cabello pasaba de su natural castaño claro a uno caoba con tonos rojizos como los de Ginny.
—Absolutamente no —exclamó Hermione, contemplando su reflejo con creciente inquietud.
—De hecho, luces bastante bien de pelirroja —contestó Ginny, intentando calmar los nervios de su amiga. Ella sabía que Hermione no estaba precisamente a favor de la idea de cambiar su imagen. A pesar de ello, era necesario, le gustara o no—. ¿Puedes dejárselo liso? —le preguntó Ginny a Tonks.
—Bueno, eso es un poco más difícil —admitió la joven aurora—. Me llevó siglos lograr hacerlo decentemente. Utilicé una vez el hechizo "Mina" por error —rió ella—. Sólo me di cuenta que significaba "liso" pero como "calvo", cuando mi pelo comenzó a caerse. Nunca me había sentido tan afortunada de ser una metamorfómaga como entonces —confesó—. Linare —exclamó a la vez que hacía un complicado giro con su varita—. ¿Te gusta ahora? —preguntó a la vez que el pelo rizado de Hermione se volvía suave y lacio ante sus ojos.
—Perfecto —dijo Ginny con regocijo—. Vas a tener que enserñarle cómo hacérselo ella misma.
—Te queda muy bien —añadió Tonks—, y armoniza contigo.
—A Ron no le gustará —se lamentó Hermione—. Me parezco a su hermana.
—Mas bien a una prima —dijo Ginny, riéndose por lo bajo—. Una sin la maldición de las pecas Weasley.
—¡NO! —exclamó Hermione en voz alta, imaginándose la cara de horror que pondría su novio.
—Ay, de acuerdo —suspiró Tonks—. ¿Y qué tal esto? Albesco —dijo ella, agitando su varita de nuevo y transformando el color del pelo de Hermione en un rubio platinado.
—¿Y parecerme a esa francesa presumida? —escupió Hermione—. No-lo-creo.
—Bueno, al menos sabes que sí le gustará a Ron —murmuró Ginny por lo bajo. Desafortunadamente, Hermione la oyó.
—Cállate.
—No te agrada sólo porque Ron la invitó al Baile de Navidad.
—¿Ron invitó a la novia de Bill? —preguntó Tonks, bajando su varita sorprendida—. ¿Qué les pasa a los hombres Weasley con esa vaca estirada? Cada vez que ella entra a una habitación se vuelven unos completos idiotas.
—Es parte Veela —gruñó Hermione
—Y obviamente tiene mala puntería. Hace unos años estaba usando sus encantos tratando de conseguir que un muchacho apuesto de la escuela la invitara al baile, pero falló y atrapó al idiota de mi hermano. Ron le pidió ir al baile y parece ser que Hermione aún no la ha perdonado —rió Ginny entre dientes.
—Eso no es verdad —replicó Hermione—. Nunca me gustó. Incluso antes de eso. ¿Qué tiene de agradable? Se pasaba el día exhibiéndose por todo Hogwarts como una princesa mirándonos por encima del hombro y lamentándose de lo "hogible" que era nuestra escuela. "La comida de Hogwagts es tan gasosa"—se burló Hermione con una imitación bastante buena del acento francés—. "Quedage gogda y los chicos dejagan de caeg gendidos a mis pies. ¡El castillo tiene demasiadas cogientes de aire!. Las agmadugas son feas y ese hogogoso poltegeist nunca segia admitido en nuestgo magavilloso palacio de Beauxbatons, donde tenemos cogos de ninfas que nos cantan mientgas nos deleitamos con nuestga magavillosa cocina. Y también tenemos esas magnificas escultugas de hielo que bgillan como diamantes".
—¡Oye, te ha salido muy bien! —rió Ginny—. No sabía que hacías imitaciones. ¿Qué tal Krum?
—No —contestó Hermione, enfadada.
—Vamos, Herrrmioone, sabes que quieres hacer esa imitación —se burló Ginny, ganándose una mirada despectiva por parte de ella—. En serio la odias, ¿verdad? —preguntó.
—No la odio —contestó Hermione—. Sólo que no confío en ella.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Tonks sin molestarse en ocultar lo graciosa que encontraba la imitación de Hermione.
—Sólo digo que me parece demasiada coincidencia que ella siga aquí perfeccionando su inglés cuando lo habla a la perfección. Podría ser la tapadera perfecta para un espía, ¿verdad?
—¡JAAAAA-JAAAAA! —carcajeó Ginny, doblándose y abrazando su estómago—. ¡Estás acusando a Bill de fraternizar con el enemigo! ¡Jaa-Jaa-Jaa! Espera que se lo cuente a Ron...
—¿Sabes...? —dijo Tonks, pensativa—, esa idea no suena tan descabellada si es que en verdad es una Veela.
—Lo es.
—Voldemort siempre necesita informantes y quién mejor espía que una Veela. Bill nunca me dirá que lo es, pero podría insunuarle que lo sé. Tiene sentido ahora. Por eso se vuelve un completo idiota cada vez que ella entra en la habitación. Esa suripanta descarada lo ha estado hechizando.
—Exacto —coincidió Hermione.
—¿Se están escuchando? —exclamó Ginny a pesar de seguirr riéndose—. Es ridículo.
—La verdad es que se pegó a Bill demasiado rápido —se dijo Hermione a sí misma.
—Bueno, pasa que es el sujeto más sexy que hay en Gringgots —dijo Tonks entre dientes.
—¡Ya... basta! —dijo Ginny en medio de un ataque de risa—. ¡Bill… sexy!
—No te das cuenta porque es tu hermano —comentó Hermione.
—¡Tú también! —exclamó Ginny, partiéndose de risa.
—Vamos, Ginny —contestó Tonks—, tienes que admitir que es por lejos el más apuesto de sus colegas.
—Con el plus de que ella sabe que él es cercano a Harry —continuó Hermione para sí misma.
—¡Eso es porque son duendes! —contestó Ginny entre risas al comentario de Tonks—. A menos que te gusten los tipos bajitos, arrugados y peludos…
—¿Podemos regresar a mi cabello? —pidió Hermione en un tono quisquilloso.
—Bueno —dijo Tonks, agitando su varita de nuevo—. Auricoma —exclamó, dejando el pelo de Hermione de un rubio color miel—. ¿Qué tal ahora? —preguntó.
—Mejor, pero aún luce extraño. ¿Eto es necesario? ¿No es suficiente con habérmelo alisado? No podría sólo…
—Ya oíste a Moody —dijo Tonks, interrumpiéndola bruscamente—, y sucede que estoy de acuerdo con él. Estuviste en sus manos el tiempo suficiente para que pudieran obtener un poco de tu cabello y no podemos correr el riesgo de que cuelen un impostor en el tren usando la poción multijugos. Lo último que queremos es a un mortífago merodeando por el expreso de Hogwarts, intentando atacar a Harry. Alterar tu apariencia es la mejor manera de
asegurarnos que no lo harán. Es por tu propia seguridad y por la de todos. Así que da lo mismo si tu cabello es rubio o pelirrojo —insistió Tonks—. A no ser que quieras probar con el negro otra vez...
—No —se resignó Hermione—, supongo que así está bien. Si sólo es por un día podré soportarlo. «Si no hay más remedio...» —pensó.
—Durará alrededor de cinco horas —informó Tonks, guardando la varita en su bolsillo—. pero no importa. Sólo búscame en el tren y repetiré los hechizos antes de que se disipen.
—¿Vas a ir en el tren con nosotras? —preguntó Ginny, apartando la vista del espejo para dirigirla hacia Tonks—. ¿Todo el camino hasta Hogwarts?
—Y no será la única —dijo Bill, entrando por la puerta abierta hacia interior de la habitación de las chicas—. Dumbledore solicitó vigilancia completa.
—¿Irás tu también? —le preguntó Ginny a su hermano.
—¡Claro! —contestó Bill informalmente—. No le confiaría a nadie más el cuidado de mi hermanita bebé.
—¡BILL! —La voz de Ron resonó desde el pasillo, llamando la atención de todos—. Mamá dice que te des prisa con esos baúles —añadió mientras su voz se elevaba según se acercaba—. Me ha dicho que venga a ayudarte con es… —Pero el resto de la frase murió en sus labios cuando llegó a la puerta y desde allí observó a Hermione, consternado—. ¡Mil demonioos, Hermione! —exclamó fuertemente—. ¿Qué le has hecho a tu pelo?
—Le queda bien, ¿verdad? —preguntó Bill al instante, dándole un codazo en las costillas.
—No —contestó Ron sin pensar. Estaba tan concentrado en los sedosos mechones rubios de Hermione que no se dio cuenta de que su hermano negaba tristemente con la cabeza e intentaba sacarlo de allí—. Me gustaba más como lo tenía antes —continuó Ron—. Deshaz el cambio.
—Eres un completo imbécil —sentenció Ginny, revoleándo los ojos—. No lo escuches, Hermione —dijo, dándole la espalda a Ron, disgustada—. Te queda lindo; hasta Bill lo cree así. Ron sólo teme que los chicos del tren se fijen en ti y no pueda competir contra ellos. Aunque… —añadió como advertencia para el idiota de su hermano—, aún no logro entender como es que sales con semejante idiota que encima te insulta.
—No la insulté —espetó Ron en protesta—. Sólo digo que me gustaba más antes. ¿A qué viene el cambio?
—¡SI NO BAJAN EN ESTE INSTANTE... —bramó la voz de la señora Weasley por las escaleras—, VAN A PERDER ELTREN!
—¡Ya vamos, mamá! —gritó Bill en respuesta, sacando su varita y apuntándola hacia el baúl de Hermione—. Baúl locomotor —dijo, haciéndolo levitar y seguirle mientras salía de la habitación—. Tonks, ¿podrías...?
—Estoy en eso —se adelantó ella, apuntando su propia varita al baúl de Ginny y siguiendo a Bill.
—Tú puedes llevar a Crookshanks —dijo Ginny, cogiendo la jaula del gato de la cama de Hermione y mostrándosela a su hermano.
—No me digas... —preguntó Ron sarcásticamente.
—Bien, sigue siendo un estúpido. Yo llevaré el gato de tu novia —dijo Ginny antes de salir de la habitación.
—Maldita sea, Ginny, ¡espera! —la llamó Ron, pero ella ya se había ido—. Lo siento —dijo él entre dientes, volviéndose desde la puerta y atreviéndose a echarle un rápido vistazo a Hermione.
—¿Por qué? —preguntó Hermione, saliendo al pasillo y guiándolo hacia las escaleras.
—Por ser un estúpido —contestó Ron, siguiéndola.
—Sólo eres tú mismo —dijo Hermione suavemente, tomándolo de la mano y apretándola para después soltarlo otra vez—. Y no me gustaría que fueses de ninguna otra forma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario