—No puedo creer que sigas insistiendo en usar esas horrendas botas para ir al trabajo —le dijo la Sra. Weasley a su hijo mayor tan pronto éste se materializó en la cocina de Grimmauld Place y se dejó caer en una silla al lado de Hermione—. Y ese horrible arete. En serio, Bill, ¿podrías al menos quitártelos cuando estés por aquí? —añadió ella al darle una taza de té caliente—. Creo que deberí...
—Ya te lo he dicho antes, mamá —interrumpió Bill antes que ella continuara con su sermón—. A ellos no les interesa lo que use.
—Pero no estás explorando tumbas, tienes un trabajo de oficina ahora. ¿No deberías lucir un poco más...?
—¿Decente? —finalizó Bill, habiendo estado sometido a esa conversación tantas veces que prácticamente podía recitarla en sueños.
—No hay nada malo en lucir un poco decente —replicó su madre rápidamente.
—No hay nada malo en mi pelo tampoco —respondió él, sabiendo que sería lo siguiente que mencionaría—. Así que déjalo.
—¡Pero te pareces a un criminal! —protestó la Sra. Weasley—. ¿Sólo las puntas?... —preguntó ella esperanzada, alcanzando su varita.
—¡NO!
—Número 11 —masculló Hermione para sí misma.
Había sido un largo y aburrido día. A pesar de haber estado muerta de cansancio cuando llegó a la casa, no había sido capaz de dormir mucho por la noche, lo cual la dejó sinti+endose de mal humor e irritable. Parte del problema provenía del hecho de que la amplia casa estaba demasiado silenciosa, cosa que la ponía bastante nerviosa. Pero, por supuesto, eso era solamente una pequeña parte del problema. Temerosa de que quedarse dormida en la habitación y estar expuesta a las mismas espantosas pesadillas, Hermione buscó refugio en la cocina, la cual usualmente estaba llena de actividad. Pero como no estaba de buen humor como para escuchar a la Sra. Weasley suplicarle a su hijo, había dejado a su mente divagar.
—¿Qué fue lo que dijiste, querida? —preguntó la Sra. Weasley mientras colocaba un plato con pastelillos sobre la mesa como un aperitivo para Bill.
—Así fue como lo hiciste —dijo Hermione girando para afrontar a Bill—. Así fue como nos guiaste a aquí. No estabas buscando el número 12. Está oculto y escondido, pero el número 11 no lo está. Todo lo que tenías que hacer era encontrar la casa de al lado.
Bill, quien fue tomado de sorpresa, miró a Hermione pensativamente por un momento antes de responder.
—A decir verdad —rió él—, estaba buscando el número 13. Estoy impresionado. Tan sólo te llevó un día descubrirlo. La mayoría de la gente ni siquiera se molesta en intentarlo. ¿Has considerado una carrera como Rompedor de Maldiciones? —preguntó al tomar un sorbo de té—. Puedo hablar muy bien de ti en Gringotts.
—No realmente —admitió Hermione.
—Deberías hacerlo —replicó Bill—. Escuché que Aritmancia es una de tus asignaturas favoritas. Tengo el presentimiento de que lo disfrutarías. Personalmente, no puedo pensar en nada mejor que resolver un buen misterio. No hay nada como la satisfacción que obtienes al quebrar un hechizo muy complicado. Deberías ver algunas de las maldiciones con las que he tropezado. Esos magos del Antiguo Egipto realmente sabían lo que hacían. Algunos de ellos son prácticamente imposibles de detectar a menos que sepas con exactitud lo que buscas. Y por supuesto, debes tener listas montañas de investigaciones antes de poner en práctica cualquier intento para romperlos. Pero eso no sería molestia para ti, ¿verdad?
—En verdad suena intrigante —dijo Hermione.
—Es endemoniadamente fantástico —contestó Bill.
—Es peligroso —intervino la Sra. Weasley al abrir la puerta que daba a la despensa y comenzar a hurgar en busca de algo para cenar—. Arriesgar la vida cazando tesoros que ni siquiera vas a conservar —continuó ella, murmurando para sí misma—. ¿Cuál es el sentido de eso, querrías decirme?
—No la escuches —se inclinó Bill y murmuró—. Mamá piensa que todo lo divertido es peligroso —rió entre dientes—. Estoy trabajando en un caso particularmente arqueroso, en este momento —continuó en un tono normal de voz—. Aunque no hay muchas probabilidades de que me maten sentado en mi escritorio —añadió fuertemente acusando a su madre—. Pero aún así, incluso investigar cómo descifrarlo es fascinante. El primer paso para romper un hechizo es aprender cómo hacerlo primero. ¿Quieres echarle un vistazo? —le preguntó a Hermione—. Traje mis apuntes por si llegaba a hallar algo de tiempo para trabajar en ellos.
—Claro —replicó Hermione con los ojos brillando de emoción—. Pero no quiero meterte en problemas —agregó ella—. No es clasificado o algo parecido, ¿verdad?
—No, puedo consultarlo con quienquiera —aseguró Bill al inclinarse para desvalijar el bolso a sus pies y sacar un montón de notas—. A los duendes no les importa, siempre y cuando encuentre la solución.
...
Al final de la tarde, Hermione y Bill tenían pergaminos esparcidos por toda la mesa de la cocina y estaban tan absortos en su conversación que les tomó un minuto darse cuenta de que el retrato de la Sra. Black estaba gritando obscenidades en la entrada del pasillo. Por un momento, Hermione se quedó sin saber qué hacer. Estaba disfrutando muchísimo de la discusión y sintió que sería grosero abandonar a Bill en mitad de la misma. De todas maneras, si los gritos provenientes del piso superior significaban algo, era que el resto de la familia Weasley había llegado y ni siquiera una manada de desbandados centauros podría haberla detenido de correr hacia las escaleras.
Bill la observó perseguir a su madre con una sonrisa en el rostro. Rápidamente recogió sus notas y las guardó de regreso en su bolso, sabiendo que no iba a hacer mucho más trabajo por esa noche.
Hermione salió de la cocina pisando los tobillos de la Sra. Weasley. Llegó justo a tiempo para ver a Ron soltar los dos baúles que había estado arrastrando en el pasillo, y retirarse de la puerta para ayudar a su padre a cerrar las cortinas que escondían a la desagradable y vieja bruja que ahora estaba gritándoles.
—Será mejor que cierres tu maldita boca —advirtió Ron a la demacrada anciana mientras cogía un extremo de la cortina y comenzaba a cerrarla furiosamente—. O puede que continúe con el trabajo de Sirius y despedace tu retrato con un cuchillo de carnicero. Te sentará demasiado bien ese encantamiento permanente, entonces. Puedes colgar ahí hecha trizas por lo que me interesa.
—Solo ignórala —le dijo su padre al empujar su propio extremo de la cortina. Aunque para su sorpresa, la vieja bruja había parado de chillar y estaba analizando a Ron silenciosamente con su odiosa mirada.
—No te atreverías —siseó ella, esctrechando los ojos aún más.
—Sólo rétame, murciélago viejo —respondió Ron—. Si vuelves a llamarla así te...
—Ve a ayudar a tu hermana —le dijo la Sra. Weasley al colocarse detrás de Ron y empujarlo hacia Ginny, quien había cargado con su propio baúl y la cesta de Crookshanks a través del umbral, y luego cerró la puerta de una patada.
Cuando Ron cedió el paso a su madre y fue hacia el baúl de su hermana, Ginny abrió el pestillo de la gatera. Casi de inmediato, el enorme gato canela de Hermione saltó a los pies de Ron, haciendo que por poco se tropiece en el proceso.
—Maldita bola de pelos —murmuró Ron resoplando con odio al inclinarse para tomar un extremo del baúl de Ginny—. Hizo eso a propósito.
—Ay, claro que no —replicó Ginny al cargar juntos su baúl por el pasillo y dejarlo con los otros dos cerca de los pies de la escalera—. Supongo que también lo vas a acusar de tratar de tumbar a Hermione, ¿no? —preguntó al dirigir su mirada al gato, quien ronroneaba rodeando los pies de su ama, arqueando la espalda y restregándose contra sus piernas.
—Sé que fue un largo viaje —se disculpó Hermione antes de inclinarse y arropar a su mascota en brazos—. Pero no podía evitarse —añadió mientras frotaba detrás de sus orejas, causando que ronroneara aún más fuerte—. Estoy segura que fuiste un buen chico —dijo con sus ojos ya no sobre el gato, sino encadenados a los de Ron, quien parecía estar congelado en su sitio, a unos pies de distancia.
«Pues no, no lo fue —se dijo Ron a sí mismo—. Fue un... —pero el resto de su pensamiento se desvaneció sólo para ser por otro tan pronto se fijó en los ojos de Hermione—. ¿Porqué estoy tan malditamente nervioso? No te quedes ahí parado como un idiota —se reprochó a sí mismo—. Di algo». Hola —alcanzó a pronunciar débilmente—. «Oh, eso fue brillante. Has estado pensando en este momento por dos malditos días y "hola" es todo lo que puedes decir. Realmente eres un idiota».
—Hola —contestó Hermione con una sonrisa tímida al dejar caer a Crookshanks al piso. El enorme gato la miró tristemente y luego fijó su mirada de disgusto en Ron. Su espesa cola ahora ondulaba de un lado a otro con irritación, por lo que enseguida de dio la vuelta y bajó ofendido las escaleras.
—Ese maldito gato me odia —refunfuñó Ron sin saber qué más decir—. Mira lo que me hizo —gimió al levantarse la manga de su jersey para que Hermione pudiera ver las marcas de los rasguños a lo largo de su brazo.
—Quizás si dejaras de ponerle apodos... —sugirió Hermione al contener la risa Él lucía demasiado tierno enseñándole los rasguños como si algo imperdonable hubiese sucedido. Le recordaba a un niñito pequeño acusando a uno de sus hermanos.
—A Pig le pongo apodos todo el tiempo —espetó Ron—. ¿Crees que el pequeño emplumado imbécil ya lo ha notado?
«Así es. Es por eso que te ignora» —pensó Hermione al arrojar sus brazos alrededor del cuello de Ron y abrazarlo estrechamente—. ¿Es ridículo que te haya extrañado? —murmuró ella al acercarlo más y respirar su aroma profundamente.
—No —sonrió Ron suavemente, enterrando el rostro en su espeso cabello y relajándose contra su cuerpo—. Ridículo es haberte escrito una carta casi en el mismo instante en que te fuiste.
—Me alegro de que lo hicieras.
Sabiendo que probablemente su familia estaba mirándolos, Ron se forzó a sí mismo a liberarse del abrazo y retroceder un paso.
—¿Adónde se fueron todos? —preguntó cuando abrió los ojos y se dio cuenta que estaban parados en el pasillo, solos.
—Supongo que bajaron a la cocina —respondió Hermione, aunque no estaba completamente segura. No los había notado irse. De hecho, una vez que Ron se posó enfrente suyo, pareció olvidar que alguien más estuviese a su alrededor desde el comienzo. Del mismo modo ocurría cuando discutían, todos los demás se desvanecían y él era todo lo que llegaba a ver.
—No dormiste lo suficiente —dijo él observándola, preocupado—. Kreacher no se metió contigo, ¿verdad?
—No, no lo he visto —admitió Hermione—. No creo que siga viviendo aquí, aunque no pregunté por él. La verdad es que no quiero saber lo que le pasó.
—Espero que esa pequeña sabandija haya sido el alimento de Buckbeak.
—¡Ron! —bufó Hermione.
—Se lo merece, Hermione —sentenció Ron al retroceder unos pasos y sentarse en su baúl—. Traicionó a Sirius.
—Lo sé —admitió ella al sentarse a su lado—. Sigo esperando verlo —confesó Hermione—. Sé que Sirius se ha ido, pero cada vez que entro a la cocina espero verlo sentado ahí —dijo ella débilmente mientras sus ojos se empañaban.
—Probablemente tome un tiempo asimilarlo por completo —acotó Ron al posar un brazo sobre del hombro de Hermione y acercarla hacia él.
—Me alegro de que estés aquí, Ron.
—Sí, este lugar es demasiado espeluznante de noche. Especialmente si estás solo.
—No me refería a eso —declaró Hermione.
—Lo sé —admitió Ron—. Pero aún así es la verdad. Aunque sospecho que Fred y George eran los responsables de la mayoría de los ruidos que escuchaba cuando dormía aquí. Su cuarto estaba justo encima del mío, después de todo.
—Anoche yo no escuché nada.
—Pero, ¿sí dormiste en mi cuarto?
—Sí —asintió ella.
«Bien. Me aseguraré de que Bill registre su cuarto por la noche. Si esa pequeña y demente sabandija dejó algunas sorpresas escondidas, él las encontrará». Pero no conseguiste dormir lo suficiente —indicó al observar su apariencia.
Insegura de cómo responder, Hermione dejó caer su mirada al suelo. No iba decirle que cada vez que se dormía soñaba con Mortífagos atacando la Madriguera.
—Dormiré mejor esta noche —aseguró finalmente.
—Sí, tener a Ginny en la misma habitación te ayudará —coincidió Ron dejando atrás el incómodo interrogatorio. Una Hermione cansada equivalía a una totalmente irritada, y él no quería provocarla—. Estaba contento cuando Harry moraba aquí con nosotros, aunque no creo que quiera venir este verano. Dudo que alguna vez vuelva a visitar esta casa. ¿Te escribió?
—No, aún no —contestó Hermione—. Pero ayer hablé con él.
Los ojos de Ron se ensancharon por la impresión.
—Tú fuiste a...
—No, no, por teléfono —explicó Hermione rápidamente—. Quería que escuchara mi voz para que supiera que estaba bien.
—¿Y esos horrorosos muggles te dejaron hablar con él? ¿Ellos no te... colgaron el teléfono?
—Bueno, no es que les haya gritado, ¿o sí lo hice? —bromeó ella, sonriendo al ver las orejas de Ron sonrojarse—. Dudo que me hubieran dejado hablar con él si supieran quién era, así que mentí. Les dije que era la sobrina de la Sra. Figg.
—¿Quién? —preguntó Ron arqueando las cejas, confundido—. Ah... ¿Aquella vieja squib con un montón de gatos?
—Sí. Le dije a su tía que estaba supuesta a invitarlo a tomar el té y como ella sabía que él lo detestaría, lo puso al teléfono.
—Que mujer tan encantadora —dijo Ron sarcásticamente—. ¿Y? ¿Cómo estaba?
—Dijo que lo estaban tratando bien. Lo alimentan y todo eso. Tienen miedo de que Moody los visite y los maldiga si no lo hacen.
—No, es decir..., ¿lo sentiste algo...? —comenzó Ron.
—¿Distante? —preguntó Hermione.
—Iba a decir enojado, pero... ¿estaba distante?
—Al principio no —admitió Hermione—. Creo que estaba bastante aliviado. Le dije que estaba bien. Él parecía estar bien... hasta que le dije que lo que había pasado no había sido su culpa. Se quedó callado por un minuto y luego me preguntó por ti.
—¿Y? —presionó Ron.
—Le dije la verdad.
—¿Le dijiste que estábamos...?
—No, le dije que lo habías tomado mal —explicó Hermione—. Que te culpabas a ti mismo pero que yo había logrado convencerte de que no fue tu culpa. ¿Te convencí, verdad?
—Realmente no esperabas llegar a tranquilizarlo con una conversación telefónica, ¿verdad? —preguntó Ron, evadiendo la pregunta intencionalmente.
—¿Ron?
—¿Qué?
—Ustedes dos van a volverme totalmente loca si continúan así —gritó Hermione fuertemente al empujar su brazo de su hombro y pararse a enfrentarlo.
—¿Si continuamos cómo? —preguntó él, incluso aunque tuviera plena seguridad de cuál sería su respuesta—. No estoy haciendo nada.
—Sí que lo estás —contestó Hermione, sonando más que un poco irritada—. Te estás haciendo el tonto a propósito. Ahora deja de cambiar el tema.
—No lo hago —protestó Ron—. «Bueno, sí lo hacía, pero esperaba que no lo notaras».
—No fue tu culpa, Ron. Ahora repítemelo.
—No fue tu culpa —dijo él con una sonrisa torcida.
—Eres imposible —declaró ella sacudiendo su cabeza, exasperada. Sintiéndose a punto de llorar una vez más y esta vez por una buena razón, Hermione fijó los ojos al piso y eludió mirar los de Ron—. Probablemente deberíamos llevar tu baúl arriba —dijo ella, sorprendida de que su voz sonara tan calmada—. «¿Qué me pasa hoy? ¿Por qué estoy tan sensible? Estaba feliz hace tan sólo un minuto y ahora estoy... ¿Estoy qué? ¿Furiosa? No. Estoy»...
—¿Hermione?
—¿Qué? —preguntó ella clavándo los ojos en el baúl en que Ron estaba sentado.
—Ven aquí —dijo él, llamándola para que se sentara a su lado.
—Si no quieres que te ayude, está bien —dijo Hermione, dándole la espalda a Ron y mirando hacia la cocina donde asumía que el resto de la familia Weasley estaba reunida. Aún al decirlo, se dio cuenta que realmente ya no estaba hablando del baúl—. No te preocupes por los otros dos —continuó ella, apuntando a su propio baúl y al de Ginny—. Nosotras nos encargaremos de ellos más tarde —añadió al empezar marcharse.
Ron saltó de su baúl y posó una mano sobre el hombro de ella antes de que alcanzara caminar más de dos pasos.
—¿Hermione? —la llamó al detenerla.
—La cena estará lista dentro de poco. Tu madre nos estará buscando.
—¿Podrías mirarme, por favor?
—«¿Para qué? ¿Para poder ver la culpa en tus ojos?» —pensó Hermione, al darse la vuelta para afrontarlo, pero aún así evitó sus ojos.
—¿Qué te pasa? —preguntó Ron.
—No lo sé —admitió ella, ya que parcialmente era la verdad. Estaba molesta por que él no la dejaba ayudarlo, pero eso era sólo una pequeña parte del problema. Había experimentado toda la gama de emociones esa noche y no sabía el por qué. Todo de lo que estaba segura era que no quería hablar acerca de ello hasta que tuviera la posibilidad de calmarse.
—Yo sí —dijo Ron—. Estás exhausta.
—No es eso —replicó ella—. «Es mucho más».
—Entonces, ¿qué es?
—No lo sé.
—Sí lo sabes. Ahora dime qué es —demandó él.
—¡Te dije que lo no sé! ¡¿Por qué no puedes dejarlo en paz?! —gritó Hermione, mientras la tristeza que había estado sintiendo fue reemplazada por irritación.
—Porque no puedo ayudarte a menos que sepa cuál es el problema —respondió Ron, sonando un poco molesto. Definitivamente éste no era el reencuentro con el que había fantaseado por los últimos dos días.
—¿Quieres saber cuál es el problema?
—Sí quiero.
—Es sólo que... «¿Sólo qué?» —se preguntó Hermione—, es... demasiado —replicó ella diciendo la primera cosa que se le cruzó por la mente—. Estoy preocupada por ti, y por Harry, y por mis padres, y simplemente es demasiado —dijo al limpiarse las tibias lágrimas de sus mejillas en el mismo instante en que las sintió allí, pero el daño ya estaba hecho. Ron las había visto. Lo próximo que Hermione supo fue que su cuerpo estaba justo al lado del suyo.
—Ya no tienes por qué preocuparte —dijo él mientras la envolvía en un abrazo—. Estás a salvo. Harry está a salvo. Tus padres están teniendo unas vacaciones encantadoras en algún lugar. Y ahora yo estoy aquí. Todos estamos bien.
—No, no lo están —Hermione ahogó el llanto contra su pecho—. Mis padres no tienen idea del peligro que corren. Y tú y Harry... los dos se están culpando a sí mismos por algo que no fue su culpa y lo detesto. Odio ser yo la culpable. Odio que ambos estén lidiando con esto por su cuenta. Odio sentirme así. Odio que me hagan sentir... «¿Sentir qué? —se preguntó ella misma—. ¡Impotente! —su mente exclamó—. Vulnerable. Aterrada». No puedo darme el lujo de debilitarme. No puedo dejarme caer —declaró ella—. «No dejaré que esos bastardos me derroten». Tengo que ser fuerte —finalizó.
—Hermione, tú eres una de las personas más fuertes que conozco. Tan sólo has pasado por algo horrible. Nadie va a pensar menos de ti si te "dejas caer". Eso no quiere decir que seas débil. Sólo que eres humana, nada más. No hay nadie aquí para verlo excepto yo. Te he visto llorar antes, sólo... déjalo salir.
—¿No estabas escuchando? Acabo de decirte que no quiero hacerlo. «Si me quiebro, ellos ganan».
—¿Entonces qué? ¿Te vas a sentar a obsesionarte con esto al igual que Harry? ¿Vas a alejarte de mí y lidiar con esto tú sola?
—No, por supuesto que no. Sólo que no quiero discutirlo ahora. Especialmente en el medio del pasillo. «Necesito tiempo para ordenar mis pensamientos y descifrar qué es lo que estoy sintiendo».
—Está bien, tienes razón —admitió Ron—. Probablemente éste no sea el mejor lugar para discutir algo así. No tenemos que hablar de esto ahora mismo. Puedo pensar en una forma más efectiva de hacerte sentir mejor, de todos modos —añadió volviendo a dibujar esa sonrisa ladeada—. Pero probablemente tampoco debamos hacer eso en el pasillo.
—De veras que eres imposible —replicó Hermione, intentando sonar molesta aunque no podía evitar sonreír por la manera en que él cambió el hilo de la conversación—. No sé por qué sigo aguantándote.
—Porque beso muy bien —sugirió Ron, y su sonrisa se ensanchó tanto hasta convertirse en una traviesa.
—¿Quién te dijo eso, engreído? —preguntó Hermione mordiéndose el labio inferior para evitar sonreír.
—Tú misma —contestó, notando el destello juguetón en los ojos de la chica.
—Muy bien, entonces me retracto —replicó ella sobriamente.
—No puedes —informó Ron.
—Ya lo hice —respondió ella, sin preocuparse por seguir ocultando su sonrisa. Era normal, era reconfortable. Por más extraño que pareciese, ésta era la manera en la que los dos coqueteaban.
—Demasiado tarde —rió él—. Ya sé que te dejo sin poder respirar. Quizás necesite refrescarte la memoria —sugirió Ron, estirando su mano y acariciando suavemente la mejilla de Hermione—. ¿Ninguna respuesta ingeniosa? —preguntó al ver los ojos de ella parpadear indecisos.
—Oh, ¿es eso lo que estás esperando, entonces? —bromeó Hermione cerrando los ojos—. Pensé que ese pequeño juego había terminado.
—Realmente te extrañé —murmuró Ron, tan cerca ahora que ella podía sentir su respiración sobre sus labios al hablar.
—Demuéstralo —murmuró ella, sabiendo que él no rechazaría el desafío.
Por un momento Hermione pensó que había escuchado una risita de Ron, pero eso dejó de importarle cuando sintió sus labios rozar los suyos. El beso fue suave y dulce, pero sólo duró un momento. Y entonces él se alejó.
—Todavía sigo respirando —informó Hermione. Esta vez estaba segura de escucharlo reír.
—Aún lo estás —asintió él, rozando su nariz contra de la de ella al inclinarse y reclamar sus labios por segunda vez.
Este beso no se pareció en nada al primero. No fue ni suave ni dulce, sino lleno de pasión. En el mismo instante en que sus labios se sellaron sobre los de ella, Ron envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Hermione atrayéndole el cuerpo en contra del suyo. El sentimiento de estar presionado tan firmemente contra ella tuvo un efecto casi instantáneo y antes de saberlo, su cuerpo entero ardía en llamas con un calor que igualaba la ferocidad de sus besos.
Le gustaba esta parte de Ron. A través de los años había vislumbrado este enérgico, apasionado sector mientras peleaban. Y no sólo había llegado a intrigarla, sino que también la excitaba. Ron era un misterio que aún intentaba descifrar. Había una dualidad en él que simplemente no tenía sentido. Era grosero y poco diplomático, y sin embargo podía ser tan dulce y considerado. Incluso la forma en que la besaba era una contradicción. Su boca estaba hambrienta y exigente, pero aún al devorarle los labios, sus manos delineaban suavemente pequeños círculos en su espalda inferior. Sólo Ron podía ser apasionado y cariñoso al mismo tiempo, y esto volvía loca a Hermione.
—¿Cómo estuvo ahora? —preguntó Ron cuando inesperadamente abandonó sus labios y la llevó consigo al baúl más cercano.
—Mucho mejor —contestó Hermione. Su corazón palpitaba salvajemente cuando se sentó a su lado y miró dentro de esos profundos ojos azules.
—¿Así que admites que fue bueno? —preguntó él con un aire presumido que sabía que la fastidiaría.
—No admito nada —rió ella.
—Ya veremos —contestó Ron cuando se inclinó a besarla una vez más.
pero solo , si es contigo.
Hace 14 años
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