Mientras la Sra. Weasley salía de la cocina y caminaba hacia las escaleras que conducían a la planta baja, no podía evitar pensar en cuán silenciosa estaba la casa. Era algo a lo que, estaba segura, no se acostumbraría. Era tan distinta a su propia casa, acogedora y siempre agitada en actividad. Incluso con el caos causado por varios miembros de la Orden entrando y saliendo inesperadamente, el número 12 de Grimmauld Place, con todos sus muchos pisos e ilimitados cuartos, simplemente no se sentía natural para ella.
Extrañaba su propia casa. Extrañaba su propia cocina. Extrañaba dormir en su propia cama. Pero ahora era inevitable. Mantener a sus niños a salvos era mucho más importante que el lugar en donde dormía. Pero había días en los que se preguntaba si realmente estarían a salvo, incluso en Hogwarts. Y cuando ellos regresaran a la escuela, ¿sería seguro para ella y Arthur regresar a la Madriguera? Si él no podía poner sus manos sobre Harry, Hermione o Ron, ¿vendría tras ella y su esposo?
«Mejor yo que mis niños» —pensó Molly, al acercarse a la sala cercana al retrato de la Sra. Black y mirar adentro de la puerta abierta para ver cuánto habían progresado Ginny y Hermione limpiando la mugre de los sucios pisos de madera. Había puesto a las chicas a trabajar sabiendo que ellas serían capaces de completar la tarea sin perturbar a la despreciable pintura que colgaba al otro lado de la pared. No había esperado que terminaran tan rápido, pero obviamente lo habían logrado. El cuarto estaba vacío y el piso, impecable.
«Habrán subido a ayudar a Ron a refregar el baño —se dijo a sí misma, cuando comenzó a subir las escaleras para chequear la labor—. Esa bañera sí que es un trabajo duro. Le tomará años fregar todas esas manchas de la superficie, pero se está haciendo tarde —notó ella, al mirar por una de las mugrientas ventanas que daban a la calle y percibir la luz del día menguarse—. Arthur y los muchachos llegarán pronto del trabajo. Se han ganado algo de descanso. Pueden termiarlo mañana» —pensó la Sra. Weasley, mientras caminaba delante del cuarto de las chicas.
El brillante cabello pelirrojo de su hija le llamó la atención al pasar por la puerta abierta, haciéndola detenerse y retroceder hasta quedar parada en la entrada. Ginny estaba acostada boca abajo en el centro de su cama, con sus pies en el aire y una pluma en la mano, escribiendo enérgicamente sobre un pedazo de pergamino.
—¿Dónde está tu hermano? —preguntó ella mirando dentro de la habitación, como si esperara que Ron saliera de uno de los armarios.
—¿Cómo voy a saberlo? —contestó Ginny, apartando su vista de la carta que estaba escribiendo—. No soy su niñera.
—¿Dónde está Hermione? —demandó la Sra. Weasley, esperando a obtener una respuesta menos ambigua esta vez.
—Probablemente esté con Ron —dijo Ginny, hundiendo su pluma en la botella con tinta y bajando su vista al pergamino una vez más—. La última vez que la vi iba a ayudarlo a limpiar.
—¿Por qué no fuiste con ella?
—Terminé mis quehaceres —contestó Ginny, mirando a su madre desafiantemente—. No voy a hacer las de él también.
—Aparentemente, entonces no te estoy dando las suficientes —disparó la Sra. Weasley a su hija—. «Todo tiene que ser una pelea contigo, ¿cierto? Has estado difícil desde que me rehusé a que fueras a visitar a Harry con tus hermanos. Bien, no va a funcionar». Así que para mañana debería agregarte un poco más, ¿no? —preguntó la Sra. Weasley, antes de ver cómo Ginny se quedaba con la boca abierta, sumamente indignada. Esperó un momento más para ver si su hija argumentaba en contra, pero Ginny pareció detenerse a sí misma en la mitad y contener su comentario. Frunciendo sus labios, la chica murmuró por lo bajo algo inaudible mientras devolvía la vista a al pergamino.
—¿Qué? —preguntó la Sra. Weasley—. No escuché lo que dijiste.
—Dije que está bien —contestó Ginny furiosamente—.« Pon todas las que quieras en la maldita lista. Mientras más agregues, más lentamente las voy a hacer».
—Eso fue lo que pensé —replicó su madre, al irse de la entrada para ir a buscar a Ron y a Hermione. Había decidido comenzar la búsqueda en su cuarto, cuando escuchó algunos susurros provenientes de la sala.
Aliviada de que no se hubieran escabullido a algún lugar oculto, y tranquilizada por el hecho de que sólo estaban hablando (lo cual significaba que no estaban haciendo otras cosas), la Sra. Weasley vaciló al dudar si debería asomar su cabeza al cuarto para verificarlo o no. Fue la posición de la puerta la que resolvió el dilema. Era cierto que no estaba completamente cerrada, pero Ron sabía que un espacio de cinco centímetros no equivalía a una puerta abierta.
«¿Cuántas veces más se lo tengo que decir? —se preguntó a sí misma al acercarse a la puerta y echar un vistazo adentro. Como lo había esperado, estaban sentados en el sofá. Ron se había sentado en un extremo, usando el brazo del sofá como apoyo adicional mientras que Hermione se recostaba con la cabeza sobre su regazo. Por un momento, la Sra. Weasley permaneció indecisa. La escena frente a ella era tan íntima que sintió que sería inapropiado escuchar a escondidas su conversación—. Por otro lado... —pensó ella cuando Ron juntó el pelo de Hermione en su mano, desnudó su cuello y se inclinó a besarlo—, la conversación parece haber finalizado».
Si los dos adolescentes hubieran sabido que ella estaba en la puerta, probablemente hubieran terminado ahí. Pero como no lo sabían, Hermione viró su cabeza sólo lo suficiente como para permitirle a Ron el acceso a sus labios. El beso era suave y no hubiera sido nada del otro mundo si hubiera finalizado. El problema fue que no lo hizo. En vez de separarse, Hermione simplemente movió su cuerpo en una posición más cómoda mientras el beso se profundizaba.
La Sra. Weasley ya había visto suficiente. Pero justo cuando ella estaba a punto de entrar en la habitación e impedir que algo más serio ocurriera, su esposo la detuvo.
—¿Molly? —murmuró de forma acusadora al ir hacia ella—. ¿Qué estás haciendo? —continuó él, mirando sobre su hombro adentro de la habitación para ver lo que ella estaba observando. Sin esperar la respuesta, la tomó del brazo y comenzó a alejarla de la puerta.
—¿Arthur? ¿Qué estás haciendo? Suéltame —protestó tratando de apartar su mano.
—Déjalos solos —rió el Sr. Weasley, colocando una mano sobre la espalda de su esposa y empujándola hacia el vestíbulo—. Al menos déjalos disfrutar parte de su verano.
—Pero la comida está casi... —comenzó a protestar ella.
—Van a bajar cuando tengan hambre —replicó el Sr. Weasley, sabiendo perfectamente que no era la comida lo que le preocupaba.
—Ese no es el punto.
—No, no lo es, ¿cierto? —contestó él, dándole a su esposa una mirada a sabiendas.
—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó la Sra. Weasley, sonando un poco defensiva.
—Molly, no puedes evitar que crezcan.
—No estoy tratando de hacer eso.
El Sr. Weasley arqueó una ceja como diciendo “¿No lo estás?” y entonces respondió.
—Ron no es el primero en tener novia, amor.
—No es lo mismo Arthur, y tú lo sabes.
—Sí, lo sé —admitió él—. Pero ambos sabíamos que era probable que pasara. No finjas que no es lo que querías.
—Pero es muy pronto —replicó la Sra. Weasley—, y son muy jóvenes.
—Charlie era más joven que ellos cuando lo encontraste con la chica Fawcett besuquéandose en la esquina de Flourish y Blotts. Y no reaccionaste de este modo.
—Eso fue diferente —insistió la Sra. Weasley.
—Y eso es lo que en realidad te está molestando, ¿no? —preguntó su esposo.
—No seas ridículo.
—No es ridiculez —contestó él—. Sólo que es natural que te sientas de ese modo. Sé que Ron y Ginny son los más jóvenes, pero ya no son unos niños. Sé que es difícil aceptarlo, pero tendrás que hallar una forma de hacerlo. Será mayor de edad en unos pocos meses, Molly. Lo suficiente mayor como para ingresar a la Orden.
—Él no puede unirse a la Orden —dijo la Sra. Weasley bruscamente—. Todavía está en la escuela.
—Y lo suficientemente mayor como para tomar sus propias decisiones —continuó él, ignorando el comentario de su esposa a propósito—. Además, esto no es nada nuevo. Hermione ha estado cuidándolo desde que tenían once años. Solo porque él dependa de ella, no significa que no te necesite más. Tú siempre seguirás siendo su madre.
—Esto es absurdo. Ni siquiera han tenido una cita decente.
—Entonces, ¿no crees que sea algo serio? —preguntó el Sr. Weasley, aunque ya sabía la respuesta—. ¿No crees que vaya a durar? Muchas personas dijeron lo mismo de nosotros, ya sabes.
—Lo nuestro fue diferente —protestó ella—. No estábamos en medio de una guerra. Ellos son muy jóvenes para cargar con tanta responsabilidad.
—Admito que tienen que cargar con mucho más de lo que deberían a su edad —aceptó el—. Pero creo que han hecho un muy buen trabajo hasta ahora.
—Pero esto sólo va a ponerse peor —discutió ella—. Algo va a tener que sacrificarse.
—¿Y tienes miedo de que sea su relación?
—Ellos ya tienen mucho de qué preocuparse. Tratar de mantener una relación sólo agregaría más a la carga.
—No estoy de acuerdo —replicó el Sr. Weasley—. Sé que los has estado observando, pero creo que no has visto lo que está sucediendo frente a tus narices. Se están consolando mutuamente, Molly. Mira por lo que han pasado estos últimos meses y cómo han respondido. Dependen el uno del otro y necesitas dejarlos pasar más tiempo juntos. Ya debes haber notado cómo se ha estado comportando Ron desde que empezaste a entrometerte.
—¡Yo no estoy entrometiéndome! —dijo la Sra. Weasley defensivamente.
—Entonces, ¿no has estado vigilándolos? —preguntó su esposo—. ¿No has mandando a los gemelos a interrumpirlos? ¿No le sugeriste a Bill que hablara con él y le preguntara qué tan serias eran las cosas entre ellos?
—¿Y qué si lo hice? Soy su madre. Tengo todo el derecho a estar preocupada —gritó ella, al colocar las manos sobre su cintura y prepararse para una pelea—. Amo a esa niña, Arthur. Si se apresuran en hacer cosas para las que no están preparados, podrían arruinarlo todo.
—¿Quieres decir que si no funciona, arruinarían todos tus planes? —replicó el Sr. Weasley con calma—. No puedes vivir su vida por él, Molly. Sé que quieres a toda costa que Hermione sea parte de esta familia. A todos nos gustaría que pasara algún día, pero no depende de nosotros tomar esa decisión. Tienes que apartarte y dejarlos tomar sus propias decisiones. Incluso si cometen algunos errores en el proceso.
—Sólo quiero que sean felices —suspiró la Sra Weasley.
—Sé que eso es lo quieres, amor, pero no los estás ayudando. Hermione es una buena chica y sabe cómo lidiar con Ron. Confía en que ella lo mantendrá controlado y deja de interferir. Causarás más daño que bien si no lo haces.
—Pero…
—Tienes que dejarlos cometer sus propios errores, Molly. Es la única manera en podrán aprender. Así se fortalecerán, o no. Sólo el tiempo lo dirá.
...
Para sorpresa de Molly, Ron y Hermione fueron en realidad los primeros en deambular por la cocina a la hora de la cena.
—Lo que sea que estés haciendo, huele delicioso, mamá —dijo Ron al ir detrás de ella para ver lo que estaba cocinando—. ¿Cuándo va a estar listo? Estoy muriéndome de hambre —Como si fuera a propósito, su estómago gruñó fuertemente, provocando una risita por parte de Hermione.
—¿Cuándo no estás muriéndote de hambre? —preguntó ella, mientras agarraba una pila de platos de la repisa, dispuesta a poner la mesa.
—Después de haber comido —contestó Ron, extendiendo el brazo para coger una rebanada de pan que su madre había dejado en la encimera, sólo para recibir una palmada en la mano—. Sólo un pedacito... —gimió.
—¿Algo más en que podamos ayudar? —preguntó Hermione, volviendo al aparador para sacar la vajilla de plata.
—De hecho —dijo la Sra. Weasley, girándose para encarar a Ron—. Podrías ir a llamar a tu hermana y a tu padre.
—¿Tengo que hacerlo? —pregunto él, luciendo bastante molesto.
—Sí, y será mejor que no te escuche gritando al pie de la escalera tampoco.
—¿Y qué de Bill? —preguntó Ron, al caminar hacia la puerta.
—¿Qué con él? —contesto su madre.
—¿Se supone que también tengo que llamarlo?
—A menos que planees subirle la cena y servírsela en su cuarto... —dijo la Sra. Weasley.
Cuando Ron regresó de hacer su labor, se sorprendió no sólo de encontrar a Fred y a George en la cocina, sino de que ya estaban comiendo. Sin molestarse en decir nada, se sentó en una silla directamente frente a Hermione y empezó a llenar su plato con comida.
—Gracias por esperar a que el resto de nosotros bajara a cenar —dijo Ginny al entrar en la habitación y sentarse al lado de Hermione.
—¿Gué? —murmuró George, con la boca tan llena que le fue imposible decir algo más.
—No hables con la boca llena —le regañó la Sra. Weasley, mientras su esposo y su hijo mayor entraban a la habitación y tomaban asiento.
—Lo siento, mamá —dijo George.
—¿Qué hiciste ahora? —preguntó el Sr. Weasley.
—Nada —contestó George rápidamente.
—Como si fuera posible —rió Bill mientras se servía.
—Bien, no me creas entonces.
—¿Un mal día, papá? —preguntó Fred, notando la expresión demacrada en el rostro de su padre.
—Una absoluta pesadilla —respondió el Sr. Weasley—. Y Fudge ciertamente no ayudó a aliviar el problema. Ha quedado como un completo idiota, ¿verdad? —continuó él.
—Es su culpa, en realidad, al tratar de culpar a Krum por el..., eh..., incidente en primer lugar —añadió Bill.
—Probablemente hubiera funcionado bien, si Hermione no lo hubiera amenzado agresivamente para que dejara libre a Krum —rió Fred.
Al contrario de éste, Hermione no halló el comentario muy divertido. No había absolutamente nada gracioso en la situación.
«Ojalá dejaran el tema» —pensó ella, al mirar a Ron fijamente para juzgar su reacción. Él se congeló por una fracción de segundo y el trozo de puré que estaba a punto de comer quedó suspendido en el aire. Pero se recobró tan rápidamente, que dudó de que alguien más lo hubiese notado.
Sintiendo que era observado, Ron alzó la vista y se encontró con la mirada de ella mientras terminaba de comer.
—Bueno, él no tenía por qué contar esa historia a la prensa en primer lugar. Sabiendo que todo no era más que un montón de mentiras... —dijo la Sra. Weasley al tomar una rebanada de pan—. Arthur, cielo, ¿ya has resuelto aquel problemita con el Departamento de Transporte Mágico?
—Eh..., bueno, verás... —tartamudeó el Sr. Weasley.
—Sé que has estado atareado, querido, pero...
—No, ese no es el problema —le informó a su esposa—. He tratado de hablar con ellos en varias ocasiones, la verdad, pero Margaret Edgecomb está siendo bastante testaruda con ese tema. Es una gran partidaria de Fudge, ¿no lo sabías?
—¡Oh! —dijo Hermione cuando, de repente, pareció comprenderlo todo al instante—. Lo siento Sr. Weasley. No me di cuenta de que ella trabajaba en ese departamento. Si lo hubiese sabido…, bueno, por favor no pierda más su tiempo tratando de convencerla.
—¿Conoces a Margaret Edgecombe? —preguntó Bill, tomado por sorpresa.
—No personalmente —replicó Hermione.
—Aún así, no creo que ella pueda a olvidarte tan pronto —río Ginny con disimulo.
—Sé que probablemente no debería preguntar —dijo Bill—, ¿pero qué le has hecho?
—Yo no le hice nada —indicó Hermione sinceramente.
—No —coincidió Ron con una sonrisa satisfecha—. Esa falsa hija suya no puede culpar a nadie mas que a sí misma.
—¿Edgecombe? —replicó Fred cuando finalmente captó el hilo de la conversación—. Sabía que ese nombre me sonaba familiar.
—La madre de la Soplona —rió George—. Mala suerte, Hermione.
—¿Crees que todavía tenga esas pústulas? —bromeó Fred.
—Seguramente —contestó Hermione, luciendo al mismo tiempo avergonzada y satisfecha consigo misma—. Y las tendrá por un buen largo tiempo también.
—Quizás ustedes dos puedan llegar a un acuerdo —sugirió Fred.
—Sí... Apuesto a que ella pasaría por alto la multa si tú consintieras en quitarle el embrujo —acotó George.
—Preferiría pagar la multa —indicó Hermione—. Además, no podría quitar el hechizo aunque quisiera.
—¿Quieres decir que se quedará así para siempre? —rió Fred divertido.
—Un leopardo no cambia sus manchas —respondió Ron, con una sonrisa de complicidad.
—No, hay una manera de deshacerse de ellas —informó Hermione a los gemelos—, pero no es algo que alguien pueda hacer por ella. Tiene que hacerlo por sí misma.
—¿Qué quieres decir? —pregunto George, curioso.
—Bueno, aunque tenga que deshacerse de las pústulas ella misma —dijo Fred—, aún tienes el contrahechizo para negociar.
—No hay contrahechizo —le informó Ron a sus hermanos—. Una vez una soplona, se es soplona para siempre.
—Pero acabas de decir… —replicó George.
—Ay, ella puede hacerlas desaparecer —indicó Hermione rápidamente—, pero no con un contrahechizo. Esa es lo bueno del embrujo. La única manera de librarse de él es dejando de ser una…
—… mentirosa, calumniadora, falsa, embustera espía —terminó Ron en su lugar.
—Bueno, iba a decir soplona —indicó Hermione—, pero básicamente, Ron tiene razón. La única forma de librarse de esas pústulas es probar que eres de confianza.
—Y eso no va a suceder —se burló Ron.
—Aunque no importa —dijo Hermione—. Mis padres pagarán la multa cuando regresen de sus vacaciones.
—Esa no es el punto —dijo Bill—. No deberías pagar nada. No dadas las circunstancias.
—No importa —repitió Hermione—. No me interesa —añadió, aunque estrictamente hablando, no era verdad. Bill tenía razón. No era tanto el dinero sino la causa del problema lo que le molestaba. Aunque no iba a admitirlo. No quería crear más problemas que los necesarios. El Ministro de la Magia ya estaba disgustado con ella. Si continuaba causando problemas, éste podría descargar su frustación sobre el Sr. Weasley. Por suerte, la conversación fue interrumpida por la llegada de Remus Lupin.
Si el Sr. Weasley parecía un poco cansado, Lupin lucía absolutamente exhausto cuando se sentó a la mesa. Su rostro estaba pálido, sus ojos rojos y Hermione notó que habían manchas oscuras debajo de ellos. Nada sorprendente, la verdad, considerando que había habido luna llena la noche anterior.
La Sra. Weasley inmediatamente se levantó de la silla para servirle un plato de comida.
—No, Molly —protestó Lupin, antes de que ella consiguiera dar un paso—. Ya comí, pero gracias.
Ignorándolo, la Sra. Weasley sacó un plato, lo llevó a la mesa, y le sirvió la cena.
—Deberías comer de nuevo —dijo ella, colocando la cena frente a él—. Te hará bien.
—No, estoy bien, de verdad —protestó él.
«No parece estar bien» —pensó Hermione al verlo pasar sus dedos por su cabello. Había comenzando a dudar de si Snape todavía le seguía preparando la poción matalobos, cuando la pregunta de Ron llamó su atención.
—¿Cómo está Harry, profesor? —preguntó Ron, sabiendo que Lupin se había ofrecido a pasar la tarde vigilándolo.
—Callado —contestó Lupin para después quedar en silencio por un momento—. Pareció ponerse más contento después de que le di tus cartas —añadió—. Dijo que mañana enviaría una de regreso con George.
—Ah, hablando de cartas —dijo el Sr. Weasley, poniendo las manos en su túnica y sacando un pequeño paquete con sobres—. Creo que estas son para ti —continuó él, dándole las cartas a Hermione.
Las lechuzas habían comenzado a llegar tan pronto en cuanto ella arribó a Grimmauld Place. Un molestia más con la que lidiar, cortesía del diario El Profeta y sus ridículos artículos. Afortunadamente, Dumbledore había colocado restricciones en las entregas de las lechuzas para no atraer indebida atención a la casa, así que era una cuestión simple para Molly reemitir las cartas enviadas por buenos deseosos al Ministerio. Cada varios días, el Sr. Weasley las recogía para dárselas luego personalmente. Por qué él continuaba haciéndolo, Hermione no tenía idea. Sabía que ella no tenía intención alguna de leerlas. Nunca las leía. Incluso hasta Fred y George ya habían perdido el interés en ellas.
«Por lo menos no hay tantas esta vez —pensó ella al desamarrar el paquete y comenzar a hojear los sobres para asegurarse de que no había nada importante, como una carta de sus padres mezclada con las enviadas por extraños—. «Harry me dijo que las ignorara —se recordó a sí misma—, y consecuentemente dejarían de mandármelas. Ya es hora de que paren»…
Fue la profunda y brusca inspiración de ella lo que le llamó la atención a Ron, provocando que apartara su vista de Lupin y la dirigera a Hermione.
—¿Qué es? —preguntó, cuando notó que ella estaba mirando una carta en sus manos como si fuera un vocifeador.
—N… nada —replicó ella rápidamente, pero en vez de tirarla sobre el montón de cartas para ser descartada, la puso al final de la pila en su mano para que él no viera de quién era.
—Si no es nada, entonces ¿por qué no la tiraste a como a las otras? —preguntó Ron, observándola sospechosamente—. Es de él, ¿verdad?
Sin previo aviso, Fred y George cortaron su conversación con Bill y se dieron la vuelta en sus sillas, mirando fijamente a Ron para no perderse ninguno de los fuegos artificiales.
Ron sólo le otorgó un segundo para que le respondiera y, como ella no lo hizo, se inclinó hacia delante y le arrebató el montón de cartas de la mano.
Inmediatamente, Hermione trató de agarrarlas de vuelta, pero Ron se escabulló de la mesa y empezó a revolverlas atolondradamente.
—Lo sabía —gruñó él, tirando todas las otras cartas sobre la mesa, exepto la más repugnante—. Ibas a esconderla de mí, ¿cierto? —preguntó agitando la carta frente a su cara, olvidando el hecho de que su familia entera los estaba observando.
—¡Honestamente... —declaró ella sintiéndose culpable y furiosa—... aún no había decidido qué hacer con ella!
—Bueno, no dejes que me entrometa —bufó Ron al lanzarle la carta y levantarse—. Debes estar muriéndote por saber lo que Vicky te ha escrito —añadió, antes de darse la vuelta y salir de la cocina.
—Idiota —gimió Ginny disimuladamente, sólo una fracción de segundo antes de que Hermione tomara la carta de la mesa y lo siguiera al pasillo.
—¡RON! —gritó Hermione al perseguirlo por las escaleras—. Estás siendo injusto.
—¿Yo estoy siendo injusto? —gritó él, sin molestarse en voltear a verla para seguir subiendo a su cuarto—. ¿Yo estoy siendo un maldito injusto?
—No puedo evitar que él me escriba.
—Dejaría de hacerlo si tú dejaras de esperanzarlo —escupió él.
—¿QUÉ? —gritó Hermione, verdaderamente enojada—. Será mejor que no estés insinuando lo que creo que estás insinuando —dijo ella amenazadoramente.
Ron se detuvo abruptamente y giró para afrontarla. No había querido que el comentario sonara de esa manera.
—Me refiero a que si dejas de responderle, él dejará de escribir —aclaró él.
—Te dije que no lo vería —dijo Hermione—, pero nunca que dejaría de escribirle.
—¿Entonces le vas a contestar? —preguntó Ron, frunciendo el ceño enfurecidamente.
—¿Y qué sugieres? —respondió Hermione—. ¿Que la tire a la basura con las demás? Él escribirá otra.
—Y puedes tirar aquella maldita otra también —gruñó él—. Tíralas todas y tarde o temprano captará el mensaje.
—¡Él ya captó el mensaje! —gritó Hermione—. ¡¿Cuántas veces te lo tengo que decir?! ¡Sólo somos amigos!
—No, Hermione. Él todavía no entendió eso. Aún piensa que tiene oportunidad. Y mientras lo siga pensando, seguirá tras de ti.
Hermione suspiró fuertemente y sacudió su cabeza, sin saber qué más decirle. Simplemente, él no lo entendía.
—Toma —dijo ella, extendiéndole la carta aún cerrada hacia él—. Léela.
—No quiero leerla —dijo Ron, rechazando la carta. La última cosa que quería era leer una carta de amor escrita para ella por otro sujeto.
—¡Pues mucho peor para ti! —espetó ella, dando un paso adelante y empujando la carta contra su pecho—. Tómala —exigió—. Y léela —añadió cuando lo vio cerrar su mano sobre la carta—. Quizás te ayude a entender lo que he estado tratando de decirte —dijo ella, dándole la espalda y descendiendo las escaleras en dirección a su propio cuarto—. Sé que no confías en él y que probablemente nunca lo harás —continuó ella mientras desaparecía de su vista—, pero deberías confiar en mí.
...
Habían pasado dos días y todavía no había leído la carta de Viktor Krum. No tenía intención de leerla. Nunca. Su mente estaba decidida, sus talones, atrincherados. Él no iba a ceder. Si tan sólo no fuera tan condenadamente tentador... Cada vez que entraba a su cuarto, sus ojos se clavaban a ella. No importaba lo que hiciera o cómo tratara de distraerse, parecía atraer su atención. Era como si la maldita cosa tuviera voz propia y, si él la ignoraba por mucho tiempo, podría empezar a hablarle en su cabeza.
«Léeme y luego me puedes tirar. Léeme y quizás ella vuelva a hablar contigo. Léeme y sabrás exactamente lo que ese gruñón imbécil quiere con ella. Léeme. Léeme. ¡LÉEME!»
Pero no iba a hacerlo. Ninguna maldita carta iba a darle órdenes. Mucho menos una carta de Krum.
«Al diablo con él, su carta y todos los problemas que ha causado. Fue su culpa que ellos atraparan a Hermione en primer lugar. Así que ¿qué si estaba bajo la Maldición Imperious? Si ella le importara, hubiese sido capaz de quebrarla. Harry puede romperla. Incluso Hermione pudo escapar de ella. Si le importara, la hubiera combatido —razonó Ron—. Pero no lo hizo».
—Deja de ser tan terco como una mula y lée la carta —dijo Ginny, sobresaltándolo.
Ron levantó la vista justo a tiempo para ver a su hermana levantarse de la cama de Harry y arrebatarle la carta del escritorio. Se había distraído tanto que se olvidó de que ella estaba sentada allí.
«Maldita carta estúpida»—maldijo él silenciosamente—. No necesito leerla para saber lo que dice —protestó él, retrocediendo cuando ella se la acercó a él.
—¿Así que entonces estás disfrutando de la ley del hielo?
—Sí que hablamos —argumentó él.
—Ah, sí, he notado lo corteses que son los dos cuando se ven forzados a hablarse —replicó Ginny, arrojando la carta a un lado de él sobre la cama—. Cómo puedes volver algo tan sencillo como pedirle un trapo para limpiar polvo en una ofenza, aún no lo entiendo. ¿No te está volviendo loco toda esa cortesía forzada?
—¿Prefieres que nos gritemos?
—Al menos así lo expulsarían y volverían a actuar normalmente otra vez.
—Esto es normal —protestó Ron—. Dos días sin hablar no es nada. Hemos estado así por mucho más tiempo.
—Sólo porque tú eres un insensible imbécil —replicó ella rodeando los ojos—. No dejes que tu orgullo se meta en el camino y lee la maldita carta.
—No.
—Está bien —dijo ella, agarrándola de la cama—. Si tú no la lees, te la leo yo.
—Si abres esa carta, Ginny —gruñó Ron en advertencia—, te juro que…
—¿Qué? —dijo su hermana poniéndolo en evidencia—. ¿Vas a maldecirme? No lo creo —rió ella—. «Por lo menos no hasta que regrese al colegio».
—Dame eso —exigió Ron. Se inclinó hacia delante para arrebatársela, pero ella fue mucho más rápida que él. Brucamente apartó su mano antes de que la alcanzara, y para cuando Ron se puso de pie, ya tenían la cama de Harry entre los dos.
—¡NO! —rugió Ron cuando ella intentó abrirla—. ¡LO DIGO EN SERIO, GINNY! —gritó él fuertemente—. ¡No quiero oírlo! Esto ya no tiene que ver con él.
Fue el inesperado cambio de actitud lo que le produjo vacilar. Ya había anticipado un arrebato de furia. Lo que no había previsto era verlo tan deprimido y abatido.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Ginny, sin preocuparse en ocultar su confusión—. Si no de Krum, ¿de quién se trata?
—Hermione —replicó Ron miserablemente al volver a la cama—. ¿No lo ves Ginny? Ella tenía la razón. No importa si confío o no en él siempre y cuando confíe en ella.
—¿Y no confías? —preguntó Ginny incrédulamente—. ¡No es posible que hables en serio! —gritó ella, sacudiendo su cabeza por el desconcierto.
—No lo entiendes —murmuró Ron tristemente.
—No, creo que no —dijo su hermana, mirándolo furiosa—. Porque la Hermione que to conozco JAMÁS haría algo así, tú... insufrible imbécil —añadió ella, lanzando la carta aún cerrada sobre el escritorio al salir de su cuarto como un huracán.
—Sé que ella no lo haría —murmuró él mientras la puerta se cerraba de un tirón. «Ese es el problema».
pero solo , si es contigo.
Hace 14 años
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