Esta es una traducción de la maravillosa historia de una autora llamada RogueSugah, quien definitivamente merece un reconocimiento aún mayor del que ya tiene por haber dedicado tanto esmero en semejante obra de arte.

Ficha Técnica


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ítulo Original: The Price of Love
Autor Original: RogueSugah
Traducción: Spooky Snow

Disclaimer: Está demás decirlo, pero los personajes le pertenecen a Jk Rowling. La escena, sin embargo, es producto de la increíble imaginación de RogueSugah.

Resumen: Historia alternativa situada en el verano despúes de La Órden del Fénix y en el sexto año en Hogwarts. Todo lo que Hermione quiere es acercarse más a Ron. Este verano su deseo se cumple, pero mientras más cerca estén, mas difícil se tornará para ella compartir su secreto con él. Pero debe hacerlo. Si el amor es realmente más fuerte que el odio, como cree Hermione, puede que los sentimientos del uno por el otro sean suficientes para salvarlos a todos.

Parejas: Ron Weasley y Hermione Granger, obviamente, con pistas sobre un posible Harry Potter y Ginny Weasley unidos en un futuro.

Clasificación: Este definitivamente no es un fic para menores de 13 años.

Capítulo 24: Un recuerdo satisfactorio

Ginny no pudo dejar de reír al ver su melenuda amiga parada boquiabierta frente al espejo, con la mirada horrorizada evidenciándose en su rostro.

—¡NO! ¡No! No —coreó Hermione, como si negando lo que veía lo haría desaparecer—. Le dije específicamente que no dejara ninguna marca ahí —gimoteó mientras tocaba la mancha morada en su cuello—. ¡Oh, Merlín! Esto es terrible —se quejó, llevando su cabello a un lado para cubrir la marca con él, antes de virarse y afrontar a Ginny nuevamente.

—Eso no va a funcionar —consiguió decir Ginny antes de caer en otra ola de risas—. No a menos que planees sujetar tu cabello así todo el día. Esa cosa estaba prácticamente brillando cuando desperté. Seguro que alguien va a verla.

—Ay, cállate —gimió Hermione, mientras su cara se volvía de un color apenas más claro que el del obsequio de Ron. Ginny se había estado burlando despiadadamente desde que había despertado. Aun así, le había tomado casi cinco minutos de risas nerviosas antes de que, finalmente, Hermione se mirara al espejo y se diera cuenta de cuán grave era la situación—. Oh, Merlín —gimió de nuevo, como si de repente cayera en la cuenta de que Ginny no era más que un precalentamiento comparada con la reacción que tendrían sus hermanos—. No puedo bajar a desayunar así.

—Vas a tener que bajar en algún momento —rió Ginny—. Y cuando lo hagas, mamá va a verlo. Es mejor enfrentar las consecuencias ahora y sacártelo de encima. Puede que hasta llegue a sentir pena por ti una vez que Fred y George vengan detrás tuyo.

—¡VOY A MATAR A RON! —gruñó Hermione.

—No le dejaste ninguna marca, ¿verdad? —preguntó Ginny, sabiendo que si lo había hecho, los gemelos seguramente lo usarían de blanco a él primero.

—Por supuesto que no —contestó Hermione—. ¿Qué clase de idiota deja algo como esto a plena vista?

—Bueno, siempre has sabido que Ron es un poco estúpido —rió Ginny—. No tienes a nadie a quien culpar más que a ti misma, la verdad.

—No estás ayudando, Ginny.

—¿Quieres ayuda? —preguntó Ginny, agarrando a Hermione por el brazo y empujándola hacia la puerta del cuarto—. Entonces, vamos y acabemos con ésto de una vez por todas.

—No. Espera —protestó Hermione. Sólo necesitaba un poco de tiempo para pensar. Si tan sólo tuviera unos minutos sería capaz de dar con una excusa lógica para explicar el moretón en su cuello. Una excusa lógica. Eso era todo lo que necesitaba. Algo simple, la verdad. Debía haber una. Si tan sólo tuviera tiempo para pensar estaba segura de que algo se le ocurriría.

—No tiene sentido que lo escondas —dijo Ginny, empujándola hacia el vestíbulo—. Ocultarlo sólo lo empeorará —continuó ella—. Confía en mi. Lo mejor que puedes hacer es bajar como si no te importara en lo más mínimo lo que te digan esos dos. Si ven el miedo en tus ojos, estás perdida.

Sabía que Ginny tenía razón. Hermione no estaba completamente segura de cuánto duraban esa clase de marcas, pero sí sabía que sería mucho más de lo que se pudiera atrincherar en su cuarto. Si no iba a desayunar, la Sra. Weasley vendría a buscarla y aún peor, Fred y George sabrían que habría estado escondiéndose. No quería darles esa satisfacción. Tenía que enfrentarlos. Eso era todo lo que tenía que hacer. Desafortunadamente iba a tener que enfrentarlos un poco más rápido de lo que esperaba.

—¿Qué hacen ustedes dos aquí? —preguntó Ginny cuando casi tropieza con Fred, que estaba parado en las escaleras mirando sobre la verja.

—Shhh —contestó George, inclinándose al lado de su hermano por encima de la verja—. Snape está allá abajo —murmuró.

—Entonces, ¿por qué ustedes no? —preguntó Hermione.

—Sí —acordó Ginny—. Ustedes dos son miembros de la Orden, ¿no? Si tienen una reunión, ¿por qué no están en ella?

—Lo que sea que esté tramando ese farsante imbécil es un gran maldito secreto —susurró Fred en respuesta.

—Sólo necesitamos saber lo básico —añadió George—. ¿Comprendes?

—Lo cual significa que mamá no cree que ustedes dos deban saberlo —replicó Ginny.

—Exactamente —felicitó George a su hermana pequeña—. ¡Maldición! Se ha ido. ¿Escuchaste algo útil? —le preguntó a Fred, mientras éste extraía las orejas extensibles que usó para escuchar a hurtadillas.

—Nada —contestó su hermano—. Y ahí van McGonagall y Kingsley. Supongo que no conseguiremos nada útil de ellos tampoco —añadió Fred, sacando el cordel rosado de su oído y virándose para ver a las chicas—. ¡MIL DEMONIOS, HERMIONE! —gritó Fred, al notar el antiestético moretón en su cuello.

Inmediatamente George volteó para ver por qué su hermano había gritado y sintió sus ojos ensancharse cuando se fijaron en Hermione. Sin pensar en lo que estaba haciendo, George le agarró la cabeza y la movió hacia un lado para permitirles una mejor vista de su cuello.

—¿Anoche diste una vuelta con un vampiro? —rió él.

—No usará una estaca en él —replicó sarcásticamente Ginny, al ver a Hermione empujar a George lejos de sí—, pero estará igual de muerto cuando baje a desayunar.

—¡RAYOS! —dijo Fred, siguiendo su declaración por un silbido apreciativo.

—Un trabajo impresionante —rió George, sacando su varita y apuntándola a Hermione—. Pero no podemos permitir que mamá lo vea —añadió él, agitando su varita hacia la marca escarlata antes de que ella tuviera la oportunidad de oponerse.

La mano de Hermione tocó el lugar en el instante en que sintió una quemadura. Pero se disipó casi al momento, llevándose consigo la mordida de pasión de Ron.

—¿Alguno más? —preguntó George con la varita aún en mano.

—Uno o dos —contestó Hermione rápidamente—. Pero están en lugares que nunca llegarás a ver.

—¡Vaya! —gritó Fred—. ¡Así se hace, Ronnie!

—¡Animal! —exclamó Ginny como si hubiera sido insultada.

—No, los búhos no dejan marcas como esa, Ginny —rió George, guardando la varita en su bolsillo y bajando a desayunar—. Pigwidgeon no la mordió. Su amo lo hizo.

—¿Cómo hiciste eso? —preguntó Hermione, al seguir a los gemelos por las escaleras—. Nunca oí de un hechizo que pudiera eliminar...

—Un hechizo sanador básico con un poco de distorsiones —contestó Fred antes de que ella terminara—. Sólo nos llevó un poco de práctica en cada uno de nosotros para encontrarle la vuelta.

—¿Qué quieres apostar —susurró Ginny en el oído de Hermione— a que han practicado haciéndose las marcas mutuamente?

—¡Madre santa! Escuché eso —gritó Fred, momentos después de que las dos chicas se rieran a carcajadas.

—Aunque no lo negaste, ¿verdad? —escupió Ginny.

—Bueno —rió Hermione—, ellos sí parecen practicar todo lo demás entre ellos mismos.

—¡Oye, vamos! —gritó George como si su orgullo hubiera sido herido—. Ésta es la última vez que te hago un favor.

—¿George? —dijo Hermione, poniéndose seria casi inmediatamente—. Gracias.

—No te hagas ideas equivocadas —replicó él, haciendo a un lado su gratitud despreocupadamente—. Si mamá hubiera visto eso volveríamos a tener que espiarlos todo el tiempo.

—Así que nada de toquetearse con los pies por debajo de la mesa. ¿Entendido? —añadió Fred.

—Y por el amor de Merlín, mantén tus dedos alejados de la mermelada.

...

Mientras el resto de su familia se reunía en la cocina, Ron Weasley se hallaba acostado de espaldas entre un enredo de sábanas, y con el rostro pecoso bañado con la luz del día. Cómo era que los rayos de la mañana quemaban a su paso a través de la mugre que cubría las ventanas de su cuarto en el tercer piso, aún no lo entendía. Le daba la bienvenida a la calidez, pero ¿tenía que ser tan endemoniadamente brillante? Fue instinto lo que lo impulsó a cubrirse los ojos con su antebrazo al luchar contra los últimos vestigios de su sueño.

No tenía ni idea de qué hora era. Todo lo que sabía con certeza era que no estaba listo para abandonar la comodidad de su cama. Había tenido el sueño más espectacular antes de ser despertado tan abruptamente. Pero el destino parecía estar conspirando en su contra. Qué gran sorpresa. Estaba frustrado hasta en sus sueños. Siempre a punto, pero de alguna manera nunca capaz de completar el acto.

Suprimiendo un bostezo, Ron se rindió y abrió los ojos. No necesitaba mirar el mónton de sábanas para saber en qué condiciones se encontraba. Era bastante común en las mañanas. Tan común, de hecho, que sus compañeros de cuarto en Hogwarts se referían cariñosamente a su condición como “el esplendor matutino”. Cómo Dean y Seamus podían vestirse mientras discutían sus “esplendores matutinos” y los sueños que los inspiraban sin morir de mortificación, le era un misterio. Había ocasiones en las que Ron estaba casi seguro que lo hacían a propósito, sólo para verlo ruborizar.

«Malditos imbéciles. Tratando de arrastrarme a la conversación sólo para que les hable de mis sueños. Ni siquiera yo soy tan estúpido».

Sin dudas, el hecho de que una vez atrapara a Seamus revisando ese ridículo diario de sueños que Trelawney le había obligado a mantener le ayudó a descubrir sus verdaderas intenciones. Lo había hallado divertidísimo, en realidad, y como cada uno de los sueños en ese maldito diario eran inventados, él simplemente le dio la espalda y dejó que Seamus continuara. Poco sabía él que ellos ya conocían con quién soñaba. Su tendencia a hablar entre sueños lo había delatado.

Afortunadamente, Ron se había olvidado de esa reciente revelación. No que importara realmente ese punto, menos ahora que tenía el cuarto para él solo. No había nadie en los alrededores que escuchara si él gritaba el nombre de una de sus mejores amigas al dormir. No había nadie ahí ahora que acababa de despertar tampoco, lo cual significaba que no tendría que abandonar la calidez de su cama y someterse a una ducha fría. Podía recostarse allí todo lo que quisiera y exitarse con sus sueños, o mejor aún, con los eventos de la noche anterior. Lo que había sucedido aquella anoche fue real y si pensaba en ello lo suficiente, sería capaz de traerlo a su memoria con cristalina precisión. Acostándose sobre su almohada, con los ojos cerrados, Ron comenzó a revivir el encuentro nuevamente en su mente.

...

Había estado más que un poco sorprendido cuando le permitió llevarla a la cama. De acuerdo, ella había sido la que cerró la puerta esta vez, pero aún no estaba seguro de cómo proceder.

Por una fracción de segundo, Ron se había imaginado empujando toda la basura de encima del escritorio, levantarla luego y colocarla sobre el misma. Con algo de suerte, ella habría hallado la espontaneidad de la acción tan excitante como él. Y si no, siempre estaba el aspecto práctico: subirla al mueble la hubiera puesto aproximadamente al mismo nivel de su cara, lo que hacia posible una buena sesión de besos sin tener que inclinarse por un largo período de tiempo. Pero desechó esa idea casi tan pronto como se introdujo en su cabeza. Hubiera parecido un gran gesto romántico, pero conociendo a Hermione, ella obviaría ese aspecto y lo regañaría por hacer tal desorden.

Lo último que quería en ese momento era que se separara de él y comenzara a limpiar su cuarto. Cómo el escritorio estaba eliminado, sólo le quedaba la opción número dos: la cama. Ella ya la había vetado antes, pero valía la pena intentarlo otra vez. Después de todo, no había sido la cama a lo que se había opuesto, sino a lo que él había querido hacer en ella. Siempre y cuando no intentaran eso, no había ninguna razón para no poder besarse allí.

Sorprendentemente, Hermione parecía estar de acuerdo. Empujó su cuerpo aún dudando mientras se besaban, y ella cedió gustosamente. Fue hacia la cama sin protestar y se sentó con él por decisión propia. Alentado por su redención y por el hecho de que su lengua estaba atrincherada en su boca luchando con la propia, él se inclinó hacia atrás, llevándola consigo.

Ron gimió suavemente al sentir su peso encima de él. La cama había parecido tan buena idea momentos antes, pero una vez recostado allí, besándola, sobre su cama, donde él dormía, donde soñaba con ella, sus pantalones se tornaron dolorosamente apretados. No importó que estuviera consciente de que no harían aquellas cosas que soñaba. Sólo porque no podía hacerle el amor, no significaba que no estaba pensándolo. De hecho, eso era todo lo que podía pensar en aquel momento.

Al enterrar una mano en su cabello y recorrer la otra por su espalda, se halló a sí mismo pensando en cómo la posición en que estaban lo hacía más fácil y la manera en que ella lo envolvió con sus piernas. Incluso al sentir el peso de ella presionando contra sí, pensaba cuán fácil sería girarse para quedar él encima de ella. El dolor ardiendo en su ingle se intensificó al él imaginar esas piernas rodeándolo otra vez. Rodeándolo y jalándolo dentro de ella.

Ron tuvo que retroceder mentalmente para recordarse que eso no iba a suceder. Hermione lo había dejado bien en claro. Él le había dicho que no le importaría esperar y hablaba en serio, al menos en aquel momento. Pero mientras más se besaban, más difícil le era mantener la promesa que se hizo a sí mismo de no presionarla. Claro está, sólo porque no podían hacer el amor, no significaba que no podían hacer otras cosas.

«Además, me dijo que me detendría si hacía algo que ella no quería» —se recordó a sí mismo, al meter la mano por debajo de su blusa y rozarla por toda su espalda, vacilando al alcanzar el broche que sostenía su brasier. Habría querido desabrocharlo, pero no estaba seguro de cómo hacerlo sin quedar como un estúpido idiota.

Casi como si supiera que él estaba pensando en hacerlo en pedazos, Hermione se apartó de encima de su pecho, se enderezó y luego se sentó de rodillas. Temiendo haberla enojado, Ron estaba a punto de disculparse, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta cuando ella se levantó la camisa por la cabeza y la arrojó al suelo.

Sin saber qué decir o qué hacer, Ron sólo se quedó allí, observándola, con los ojos abiertos de sorpresa. Por unos momentos todo lo que fue capaz de hacer era mirar cómo su pecho subía y bajaba, notando que estaba respirando tan agitadamente como él.

El instante en que buscó los ojos de ella, Hermione cubrió su pecho con una mano y llevó la otra hacia atrás a su espalda. Antes de que él tuviera tiempo de preguntarse lo que estaba haciendo, el brasier se abrió y los tirantes se deslizaron por sus hombros. Su mano era la única cosa que mantenía la delgada barrera de algodón en su lugar.

Inmediatamente, Ron se apoyó en sus codos y bajó la mirada con anticipación. Había mirado fija y entusiasmadamente su mano, pero para su desilusión, no se movió. En el momento en que buscó sus ojos de nuevo, vio la duda. Ella lucía nerviosa y parecía estar debatiendo si de verdad quería hacerlo o no..

—Está bien, amor —dijo él, enderezándose—. No tienes que...

Pero ella no lo estaba escuchando. O quizás sí, y sus palabras simplemente habían llegado demasiado tarde. Porque mientras él las decía, Hermione respiró profundamente, cerró los ojos y dejó caer su brasier en la cama. Sus ojos habían permanecido cerrados, aún cuando ella sintió la cama moverse al Ron ponerse de rodillas para estudiarla.

Muy en el fondo, él sabía que no debería estar devorándola con la mirada de tal manera, pero parecía no poder contenerse. Sabía que la estaba incomodando, y aún así no podía apartar los ojos. Era la primera vez que una mujer se exponía a sí misma ante él y estaba hipnotizado por la visión delante suyo. Por un momento casi se había olvidado a quién estaba observando, y entonces cayó en la cuenta con deslumbrante claridad. Esta no era sólo una mujer, era Hermione. Hermione tenía senos. Él ya lo sabía, por supuesto, pero saber que existían e imaginánselos no era lo mismo que estar viéndolos con sus propios ojos. Hermione tenía senos y eran extraordinarios.

Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, estiró su brazo para tocarla. De alguna manera alcanzó detenerse en el último segundo y su mano se congeló a unos centímetros de distancia de su piel.

—¿Puedo? —preguntó él, con una voz tan ronca que le parecío de otro.

Los ojos de ella se habían abierto inmediatamente y se fijaron en la mano suspendida delante de su pecho. Por un momento parecía como si fuera a hablar, pero al final simplemente mordió su labio inferior con indecisión y asintió con su cabeza.

—Eres tan suave —dijo Ron, tocándola con una mano y acariciándola suavemente con la otra—. Tan hermosa.

Como ella no respondió, él levantó la mirada para cerciorarse de que estaba bien. Había estado inusitadamente callada desde que alcanzaron la cama, pero no parecía estar afligida. Ahora que ella se había comprometido, el aire de indecisión que la había rodeado parecía ser reemplazado por algo más. Algo que él no podía definir. Brindaba un aspecto muy sereno y al mismo tiempo mucho más. Había aceptación y confianza. Era evidente por la forma en que tenía sus ojos cerrados y su cabeza hacia atrás al desnudarse ante él.

Fue eso, más que cualquier otra cosa, lo que avivó el fuego abrasador quemándose profundamente dentro de él. Recordó las cosas que ella le había dicho momentos antes y eso reforzó el hecho de que realmente quería estar con él. La increíble, hermosa y comprensiva mujer arrodillada delante de él en toda su gloria lo quería. Se colocaba en una posición vulnerable, porque confiaba en él. No sólo con su corazón, sino con su cuerpo también. Era el sentimiento más estimulante que jamás había experimentado. Ella estaba ofreciéndose a él, y por Merlín que la aceptaría. Era suya e iba a reclamar cada glorioso centímetro que le expusiera.

Si los ojos de Hermione estuvieran abiertos, hubiera visto la vacilación de Ron apartarse, mientras la naturaleza apasionada que ella había presenciado en el pasado comenzaba a incenciarse delante suyo. Pero no fue sino hasta sentir sus brazos rodearla y presionarla hacia sí con fuerza aplastante que ella percibió el cambio. Para entonces, la boca de él boca había descendido hasta su garganta, causándole un poco más que un pequeño escalofrío entre sus brazos.

Los suaves gemidos que escapaban de los labios de Hermione sólo servían para estimularlo aún más. Arrancando la boca de su garganta, él capturó sus labios y en un instante, la chica se halló a sí misma recostada de espaldas.

En vez de lanzarse encima de ella, como lo exigía la bestia voraz dentro de sí, Ron se acostó a su lado dándole la oportunidad de protestar. Ya estaba atrapado en un frenesí de lujuria, pero ella confiaba en él y no iba a abusar de eso. La empujaría tan lejos como ella se lo permitiese, pero en el momento en que se negara, estaba determinado a contenerse a sí mismo y parar.

Aunque en verdad sería difícil para ella expresar sus objeciones con la boca tan ocupada como lo estaba. Sin embargo, sus manos todavía estaban libres y Ron no dudaba en que ella las usaría para empujarlo si eso era lo que quería.

Hermione se quedó quieta por un momento, como si estuviese conmovida, le dejaba hacer lo que le complaciera, y entonces reaccionó. En vez de empujarlo como él esperaba, lo envolvió con sus brazos y lo atrajo encima suyo. Suspiró felizmente cuando sintió su peso sobre ella y casi instantáneamente dejó que manos comenzaron a deambular. Una la enterró en su abundante cabello rojo, mientras que la otra la sumergió por debajo de su camisa y la rozó dulcemente por toda su espalda.

Sin previo aviso, él se alejó de ella. Los ojos de Hermione se abrieron justo a tiempo para verlo arrancarse la camisa y tirarla al suelo junto a la suya. Mientras él se sostenía en el aire encima de ella, sus ojos se movieron rápidamente hacia su pecho desnudo justo antes de cubrirlo con el de él.

En vez de buscar sus labios, como ella esperaba, la boca de Ron se descenció un poco más y se posó sobre su cuello, sabiendo que era allí donde era más sensitiva. Sus esfuerzos fueron recompensados cuando su nombre emergió de entre una serie de suaves gemidos. Escuchar su nombre escapar de su boca fue suficiente para desencadenar un gemido áspero y ronco de sus propios labios.

—No…—jadeó Hermione, causando que él se separara de su cuello y le mirara el rostro—. No dejes una marca ahí —aclaró ella—. No donde... alguien pueda verla.

Los ojos de Ron instantáneamente vislumbraron el enorme manchón morado que ya había creado. Sabía que pagaría por ello más tarde, incluso aunque estrictamente hablando, no fuera su culpa. En vez de mencionárselo, asintió con la cabeza y abandonó el punto. Colocando sus brazos al lado de ella, Ron se levantó un poco y descendió su rostro aún más. Dejó un rastro de suaves besos por todo su cuello al alejar su camino de sus hombros.

Hermione había jadeado cuando sintió la humedad de su lengua entre sus senos. Él permaneció allí, regando sus besos nerviosos sobre las suaves curvas, esperando a que ella protestara. En vez de oponerse, sus dedos corrieron hasta su cabello nuevamente y él lo interpretó como una señal de que era libre para continuar. Lentamente deslizó su lengua hacia la cima y luego se detuvo sobre su pezón tenso. Se detuvo allí por un momento o dos, pero luego su boca descendió. Cuando comenzó a succionar, ella inesperadamente gritó fuertemente y arqueó su espalda sobre la cama.

Tomado por sorpresa, Ron se alejó y la examinó ansiosamente, tratando de descifrar qué había hecho mal.

—Oh, Merlín —dijo ella, cuando sus ojos al fin se abrieron y vieron su cara asustada.

—¿Todo bien, Mione? —preguntó él, con la voz llena de preocupación.

—Yo diría... —contestó ella, ruborizándose profundamente—. De verdad no esperaba que eso pasara —añadió, con una sonrisa avergonzada—. Tú apenas me tocaste y yo…

—Tú no… —espetó él, con sus ojos ensanchándose—. Eso no fue... ¿o sí? —preguntó él, lanzándole una de sus sonrisas torcidas.

—Bueno, fue sólo una pequeña... —admitió ella—, señal de aviso, de hecho.

—¿Una qué?

—Una señal de aviso —repitió ella, ruborizándose otra vez—. Así es como la describe el libro, de todas formas. Comparaba un orgasmo femenino con un terremoto, porque uno nunca sabe que tan fuerte va a ser. Algunas veces hay pequeños temblores o "señales de aviso" antes del "gran golpe". También están las "post sacudidas", por supuesto.

—¿Estás hablando de... de múltiples...?

—Bueno, es uno de los beneficios de ser mujer.

«¡Mil demonios!» —gritó su mente al darse cuenta de lo que acababa de hacer. Incluso si fue lo que sea que ella decía, una señal, seguía siendo un gran logro. Entonces se le vino a la cabeza que para denominarlo, primero tenía que ser capaz de reconocerlo, lo cual significaba que lo había experimentado antes. Es más, ella sabía la diferencia entre una "señal" y "el gran golpe". Gimió fuertemente mientras imágenes de ella sola en su cuarto, tocándose, inundaron su mente.

—¿Puedo...?, quiero probarte —murmuró él, y sus ojos vagaron por su cuerpo y se detuvieron en sus pantalones cortos. Si ella ya estaba en la etapa de las “señales de aviso”, podría ser capaz de inducir “el gran golpe” si se esforzaba lo suficiente.

—¿Qué? —preguntó ella, demasiado aturdida como para enmascarar su recelo.

—He soñado con esto por tanto tiempo —contestó él con la voz profunda y ronca, llena de deseo—. Por favor... —suplicó él, y sus ojos azules revelaron su anhelo y desesperación—. Si no te gusta, pararé. Lo prometo.

Como no respondió, Ron estaba seguro de que se negaría. Tan pronto en cuanto ella encontrara su voz, claro está. Lo estudió atentamente por un momento, considerando lo que él le había dicho, y entonces, para su completa sorpresa, ella asintió con la cabeza.

—¡¿EN SERIO?! —gritó él, enderezándose bruscamente por el asombro.

—Mientras prometas detenerte en cuanto te lo pida... —replicó ella, desabrochando sus pantaloncitos y levantando su cuerpo inferior de la cama sólo lo suficiente para poder quitárselos.

—Lo haré —contestó él. Su corazón bombeaba estrepitósamente contra su pecho al verla sacarse los pantalones, impresionado—. Lo prometo —agregó, sólo por si acaso, mientras sus ojos vagaron por su caderas y se detuvieron en sus blancas bragas de algodón. Cerrando los ojos, colocó sus manos sobre el estómago de ella e intentó recomponerse.

—Eres tan suave —murmuró él, recorriendo sus dedos de adelante hacia atrás sobre su abdomen.

—¿Ron? —había preguntado Hermione, incitándolo a abrir los ojos y mirarla. Le sorprendió encontrarla sostenida en sus codos, estudiándolo. Sólo que sus ojos no estaban fijados a su rostro, sino al bulto en sus pantalones—. ¿Puedo verte? —preguntó ella, agarrándolo totalmente desprevenido.

Por un segundo o dos, todo lo que había podido hacer fue mirarla fijamente a los ojos, mientras interpretaba la pregunta.

«¿Por qué no? —pensó él, encogiendo sus hombros al observar su cuerpo semidesnudo una vez más—. Estoy a punto de ver todo lo de ella».

Dándose cuenta de que si no lo hacía ahora, era muy probable que se acobardara, se levantó, desabrochó sus pantalones rápidamente, y los empujó junto con sus boxers al suelo.

Esperaba que los ojos de ella dejaran los suyos tan pronto se desvistiera, pero no fue así. Hermione mantuvo el contacto con sus ojos todo el tiempo mientras se escabullía de la cama, y no fue sino hasta que estuvo parada justo delante de él que su mirada se deslizó por sus hombros y pecho.

Tuvo que recordarse que él ya la había observado analíticamente, no tanto tiempo atrás. Que ahora le tocara a ella era lo justo y él lo sabía. Por supuesto, ella mantuvo sus ojos cerrados mientras la estudiaba, lo cual lo hizo más fácil. Pero si él cerraba los ojos no podría juzgar su reacción, y quería saber lo que pensaba.

Hermione podía ser una persona muy difícil de leer cuando se lo proponía. Ron sabía que este era en momentos como aquellos, cuando ella experimentaba algo nuevo, que dejaba caer su guardia y sus pensamientos se volvían discernibles. Ella ya había visto las cicatrices en sus brazos en varias ocasiones, pero esta fue la primera vez en que había visto la tristeza en sus ojos al mirarlo. No era repulsión, eso era demasiado evidente por la manera en que ella estiró su brazo y recorrió sus dedos cariñosamente sobre los mismos. Sino que simplemente lamentaba lo que había sucedido.

Sin querer enfocarse en lo que podría haberle pasado, sus ojos retornaron a su pecho y permanecieron allí por un momento antes de descender a su estómago. Él la observó detenidamente, mientras la mirada de ella bajó y se detuvo en la parte de su cuerpo que había pedido ver. Tuvo él que tragarse la risa que amenazaba con explotar cuando vio los ojos de ella ensancharse. Había estado buscando señales de repulsión o miedo, pero todo lo que vio fue asombro y curiosidad.

«Me está estudiando como a uno de sus malditos libros» —se dijo a sí mismo, al ella sentarse en el borde de la cama, justo enfrente de él. Sabía que probablemente tenía un millón de preguntas rondando por su cabeza, e intentaba decidir cuál preguntar primero.

—¿Puedo tocar? —preguntó ella, sin la pizca más leve de sonrojo.

Tragó en seco. Ciertamente ésa no era la pregunta que esperaba que hiciera. Sin confiar más en sí mismo para hablar, simplemente cerró los ojos y asintió con la cabeza. Podía sentir su corazón latiendo fuertemente contra su pecho mientras estaba parado allí, con anticipación. Se preparó, pero el esperado contacto no venía. Comenzaba a preguntarse si ella había cambiado de opinión, cuando sintió sus dedos deslizarse levemente por su longitud.

«DEMONIOS —pensó él, respirando profundamente mientras la mano de ella se envolvía alrededor de él—. Si pierdes el control ahora va a matarte —se recordó a sí mismo—. Respira profundo y concéntrate».

—Está caliente —murmuró Hermione mientras apretaba el agarre—. ¿Así está bien? —preguntó ella, cuando escuchó su suave gemido.

—Sí, está… —suspiró él—. Es… se… siente bien.

—Muéstrame cómo —pidió ella en una voz que era demasiado inocente. Era obvio que no tenía ni una maldita idea de lo que su toque le estaba provocando o de qué tan duro estaba peleando para mantenerse bajo control.

—¿Qué? —había dicho Ron, abriendo sus ojos, alarmado.

—¿Cómo…?, ya sabes —había contestado Hermione, deslizando su mano arriba sobre su longitud y luego de nuevo abajo.

—¡OH, MIERDA! —había gritado Ron fuertemente—. Si haces eso otra vez no seré capaz de contenerlo —advirtió él.

—¿De veras? —replicó ella, con una sonrisa traviesa en el rostro que le envió una sacudida de fuego a través de todo su cuerpo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que era eso precisamente lo que ella quería. Justo cuando estiró el brazo para tomar su mano, ella la estaba moviendo otra vez.

Él gimió fuertemente mientras envolvía sus dedos sobre su mano para detenerla.

—¿No quieres? —preguntó, obviamente sin darse cuenta de lo que podría pasarle a sí misma si continuaba.

«¡!» —había gritado su mente—. Yo… yo… yo… —tartamudeó él—. No sé si estás lista para ver eso.

—No te… herí, ¿verdad? —preguntó seriamente, mirándolo a la cara—. Cuando te toqué tu… tu rostro… parecía que estabas sufriendo.

—No… no lo estaba. No… no sufría. No de la manera que piensas.

—Pero, ¿te es… incómodo? —presionó ella.

Sólo Hermione haría preguntas como ésas mientras lo tenía en su mano. Siempre una inquisitiva su Hermione.

—Du… duele. Eso creo —dijo él finalmente—. Pero de una forma buena.

—Tú también me haces doler —contestó ella, obteniendo otro gemido de él con sus palabras. Él la observó cuando sus ojos se movieron rápidamente a su erección y entonces de vuelta arriba—. ¿Estás seguro que no quieres…? —preguntó ella.

—Todavía no —susurró él, cerrando sus ojos nuevamente al tratar de contenerse.

—Ah, ya entiendo —musitó ella, al soltarlo y levantarse de la cama, parándose delante de él—. Estás disfrutando la…

—Anticipación —concluyó él, una fracción de segundo antes de sentir los dedos de ella en su cabello, instando su cabeza hacia delante para poder besarlo.

—¿Y qué es lo que estás anticipando? —preguntó ella, alejándose de sus deseosos labios—. Ah, sí —se respondió a sí misma, el momento en que vio los ojos de él abrirse y detenerse en sus bragas—. Ahora recuerdo —provocó, recorriendo su propia mano por sobre su estómago.

«¡OH, SANTO
MERLÍN!» —La mente de Ron había gritado al verr la mano de ella deslizarse dentro de sus bragas.

—Querías… —comenzó Hermione y entonces se detuvo. Él la observaba con los ojos completamente expandidos, cuando ella alzó sus dedos hacia los labios de él y los sostuvo allí, justo fuera de su alcance—... probarme.

Por un momento estaba tan anonadado que no supo cómo reaccionar. Este lado juguetón y erótico con el que se había topado era totalmente inesperado. ¿Dónde demonios aprendió ella algo así? ¿Lo leyó en un libro o estaba improvisando? Probablemente un poco de los dos, decidió al asomar su lengua y lamerle los dedos.

No había esperado que ella sacara sus dedos fuera de su boca tan rápidamente. Antes de que él pudiera protestar, Hermione lo agarró del cuello y cubrió sus labios con los suyos. Ron había estado tan asombrado que le tomó un momento devolverle el beso, pero en cuanto lo hizo, fue insaciable. Abrió su boca y asestó su lengua a través del labio inferior de ella, gimiendo fuertemente. Casi instantáneamente, sintió la lengua de ella acariciar la suya.

—¡MIL DEMONIOS! ¡Se está probando a sí misma en mí! —pensó él, besándola intensamente, más excitado que nunca, más que en sus más ardientes sueños—. Me va a matar —era todo lo que Ron podía pensar, mientras el cuerpo de Hermione se comprimía contra el suyo.

—Por favor… Mione… —había gemido Ron entre sus besos, mientras bajaba una mano hacia su muslo interior—. Necesito…

Hermione se alejó de él tan pronto las palabras salieron de su boca. Sus cálidos ojos canela ojearon rápidamente sus caderas y entonces se detuvieron sobre sus ardientes orbes azules una vez más.

—Sólo dime qué hacer —susurró ella, segundos antes de colocar una serie de besos ligeros como plumas por todo su cuello.

Colocando su mano en su mentón, Ron había subido su rostro y cubierto sus labios con los suyos. Al profundizar el beso sintió los dedos de ella rozar la mano que tenía sobre su muslo. Se quedaron allí sólo un instante y luego alejaron sus manos. Su corazón bombeaba como martillo contra su pecho al anticipar lo que ella estaba a punto de hacer.

—¡HERMIONE! —gritó él, en el momento en que sintió sus dedos envolver su piel más sensible. Cuando lo apretó inesperadamente, él se inclinó contra su mano y por poco pierde el control allí mismo—. ¡ESPERA!- gritó agarrándole la mano para evitar que la moviera.

—¿Me avisarás, verdad? —preguntó ella, al apartar sus dedos con su mano libre.

Por un momento todo lo que había sido capaz de hacer fue asentir con la cabeza mientras gemía. Luego encontró su voz y comenzó a balbucear.

—No… no pares.

—¿Quieres que pare? —preguntó Hermione, aminorando sus movimientos al lanzarle una mirada confusa.

—No... —jadeó Ron—. Por favor… no pares —suplicó, mientras se resistía lo más que podía cuando ella continuó, y él gemió su nombre—. MIONE... —Fue toda la advertencia que pudo darle antes de perder el control y que una espléndida ola de alivio lo embriagara.

En algún lugar de su mente, la escuchó dar un respingo, pero estaba demasiado absorto como para prestarle atención al sonido o al por qué ella lo estuviera haciendo. No fue hasta que la presión disminuyó y él abriera sus ojos que descubrió que le había dejado un completo desastre sobre su estómago.

—Lo siento —gruñó él, mortificado—. Traté de... avisarte —añadió, con el pecho acelerado mientras intentaba recobrar su respiración. Todo lo que podía hacer ahora era esperar a que ella recuperara su inteligencia y reaccionara.

El tiempo parecía congelarse mientras estaba allí parada, silenciosa y fijamente observando su abdomen. Cuanto más permanecía callada, más atemorizado estaba de lo que ella iría a decirle. De hecho, se encogió cuando los ojos de ella se levantaron y se posaron en los suyos. Fue entonces que Ron descubrió que no le iba a gritar. No estaba disgustada. Si era algo, parecía estar fascinada. Sus cejas se habían fruncido en confusión mientras la miraba recorrer sus dedos por la sustancia adherida a su piel y entonces frotarla, como si estuviera examinando su consistencia. Esto era algo nuevo. Algo que ella jamás había visto y todo lo que él podía hacer era quedarse quieto y observarla mientras levantaba sus dedos para estudiarlo. Entonces, sin previo aviso, Hermione sacó su lengua y rozó sus dedos sobre la misma.

—¿QUÉ ESTAS HACIENDO? —gritó él, observándola con asombro.

—Ay, cállate —replicó Hermione defensivamente, mientras su cara instantáneamente se ruborizó con un brillante color rosado—. Oí a Parvatti y a Lavender discutir cómo sabía y quería probar. Además —agregó ella, limpiando sus dedos contra sus bragas—, tú querías probarme también.

—No puedo creer que hayas hecho eso —replicó él, aún con sus ojos expandidos por la impresión—. No puedo creer que hicieras TODO eso.

—No lo haré de nuevo si no quieres—respondió, al evitar mirarlo a los ojos.

—No, no quise decir que no me gustaría —dijo él, nervioso. Lo último que quería era que ella pensara que se había arrepentido. Él simplemente estaba avergonzado por haber hecho tal desastre. Fuera de eso, todo había sido perfecto. Más que perfecto, había sido brillante. Ella era brillante. Quería colocarla en su cama y pasar el resto de la noche mostrándole cuánto la apreciaba—. Sólo que… —dijo él, agarrando su camisa del suelo y usándola para limpiarle el estómago—, de veras que estoy muy apenado por esto.

—Está bien —le aseguró ella, y sus ojos titilaron al darle una sonrisa sincera—. Fue muy…, eh…, educativo —dijo, eligiendo sus palabras cuidadosamente—. En realidad, lo difruté —continuó, al recoger su blusa del suelo y ponérsela.


...

—¿Ron? —la voz de Hermione sonó a través de la puerta, trayéndolo de regreso a la realidad—. ¿Estás despierto? —preguntó ella, al continuar llamando—. Perdiste el desayuno, ¿sabías? Tu mamá me envió a buscarte. ¿Ron?

—Sí —dijo él en respuesta, esperando ganar un poco de tiempo—. Estoy… estoy despierto.

—¿Estás bien?

—Sí. Estoy bien —vociferó él, al saltar fuera de la cama y ponerse los pantalones que había usado la noche anterior—. ¿Por qué? —preguntó, abriendo la gaveta de la cómoda y agarrando la primer remera que encontró.

—Suenas raro —contestó Hermione—. Y te saltaste el desayuno. Tú no estás… evitándome, ¿o sí?

—¿Qué? —dijo Ron, al abrir la puerta con violencia y empujarla dentro de su cuarto—. ¿Por qué rayos estaría evitándote? —preguntó él, sin molestarse a quitar las manos de sus hombros.

—Bueno —dijo ella incómodamente, sus ojos mirando el piso mientras sus mejillas se sonrojaban—. Pues, em…, no me comporté como una dama anoche. Quiero decir… me aproveché de ti.

—Al diablo con lo ser una dama —replicó Ron con una risa fuerte—. Fue endemoniadamente brillante. Tú eres brillante.

—¿Tienes que maldecir? —suspiró ella, mirando de reojo su rostro exuberante.

—Bueno, es que lo fue.

—¿Así que no piensas que… que soy alguna clase de seductora barata? —preguntó ella, mientras su vergüenza se acumulaba—. Realmente no quise forzarte a…

—¿Forzarme? —rió Ron—. Prácticamente te lo supliqué —añadió, dando un paso hacia delante y colocando un rápido beso sobre sus labios—. Si alguien debería estar preocupado, soy yo. Después de lo que le hice a tu… ¡Oye! —gritó él, notando su inmaculado cuello—. ¿Qué le sucedió a la marca?

—Tu hermano.

—Diablos —gruñó él, dándose cuenta de que la había dejado enfrentar a su familia sola—. No fue mi intención…, es decir, no estaba pensando. Lo siento. Lo siento tanto, tanto. Por favor, dime que Bill se deshizo de eso antes que Fred y George lo vieran.

—De hecho, ellos…

—¿Ellos qué? —preguntó él cautelosamente, y sus ojos se estrecharon. Estaba tan ocupado imaginándose a sus hermanos tomándole el pelo a Hermione en el desayuno, que no percibió que ella estaba mirando algo sobre su hombro—. Esos malditos desgraciados.

—¡RON!

—Y pensar que ella le permite besarla con esa boca obscena —le dijo Fred a su hermano gemelo riendo entre dientes.

—Pueden decir lo que quieran de mí —gritó Ron al girarse y encarar a sus hermanos, que estaban riéndose en la puerta—, pero a ella la dejan en paz.

—Ron —protestó Hermione, asiendo su brazo por si acaso decidía ir tras ellos.

—¿Cuánto tiempo han estado parados allí escuchando nuestra conversación, eh? —Ron demandó saber.

—Lo suficiente —rió George disimuladamente—. Eres tan previsible, Ron, que ya ni es gracioso.

—Por lo menos Hermione nos brinda un desafío —agregó Fred.

—¿Por qué lo torturan si no es divertido? —preguntó Hermione.

—Porque podemos —contestó George, con una sonrisa traviesa.

—Imbéciles —dijo Hermione, poniendo los ojos en blanco.

—Vamos, Hermione —rió Fred—. Sabes que adoras cuando Ron sube a su gran caballo blanco y defiende tu honor.

—Negro —replicó ella.

Los gemelos obviamente se quedaron perplejos por la respuesta, ya que dejaron de reírse y la miraron sin expresión alguna.

—¿Cómo dijiste? —indagó Fred.

—Su caballo es negro —contestó Hermione, imaginándolo claramente en su mente.

—Fue en sentido figurado —le informó Fred, como si ella no hubiera entendido.

—Sí, lo sé —respondió ella—. Pero el caballo de Ron es negro. Yo lo he visto.

—¿Tú… lo has visto? —preguntó George, echándole un vistazo a Ron, quien se encogió de hombros.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Fred, al fruncir el ceño—. Ron jamás ha tenido un caballo.

—No lo he visto desde que fue apuñalado por la Reina —continuó ella, mirando deliberadamente a Ron—, pero estoy segura de que sigue por aquí, en algún lado.

—¿Reina? ¿Qué maldita Reina? Estás volviéndote loca.

«Ella ya está loca —pensó Ron, al ver a sus hermanos mirarse mutuamente con incertidumbre—. Loca como una cabra —añadió, admirando la manera en la que ella los había confundido hasta la sumisión—. No tienen idea que está hablando del tablero de ajedrez gigante de McGonagall». Esa maldita perra —dijo Ron, decidiendo que era hora de divertirse un poco—. Aunque ese caballo era endemoniadamente magnífico, ¿verdad que sí?

—Para serte honesta, me impresionó más el caballero que el caballo —contestó Hermione, lanzándole una sonrisa insinuante—. Incluso aunque éste tuviera una boca tan obscena.

—Aunque tiene sus usos, ¿no? —dijo Ron, arqueando las cejas sugestivamente.

—Si ustedes comienzan a besuquearse, voy a devolver mi desayuno —indicó Fred, agarrando su estómago como si estuviera a punto de enfermarse.

—Mejor entonces —escupió Ron—. Porque no recuerdo haberlos invitado a observar. Así que háganos un favor a todos y váyanse al infierno.

—Ya nos vamos —dijo George, caminando al pasillo—. Pero sólo porque tenemos que abrir la tienda.

—Aunque pensamos venir aquí primero y darte un pequeño consejo fraternal.

—¿Sí?, ¿cuál? —preguntó Ron, esperando a que se fueran una vez que lo dijeran.

—La próxima vez que sientas la necesidad de marcar tu territorio —contestó Fred desde la puerta—, hazlo en un lugar que mamá no pueda verlo.

—Estúpido idiota —agregó George, sacudiendo su cabeza a su hermano menor.

—¡Imbéciles! —gritó Ron, cerrándole la puerta en la cara a Fred.

—¡INGRATO!

—¡TARADOS!

—¡RETRASADO!

—¡Ron! —dijo Hermione, sabiendo que sería mejor intervenir antes de que la pelea se intensificara más y su madre escuchara lo que se estaban gritando—. Cállate —añadió ella, cubriendo sus labios con los suyos.

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